Zurriola

Unos momentos de relax para disfrutar del espectáculo de la puesta de sol desde Sagüés, junto a la Playa de la Zurriola y con el monte Urgull –Orgullo, en antiguo gascón– recortándose entre el cielo y el Cantábrico

Hace calor. No tanto ni tan continuo como en otros lugares, pero hace calor. Un calor especial, aromático y salino, pegajoso, listo para naparnos los cuerpos y los sentidos. Un calor que sabemos no durará más de un par de días. Y, entonces, volverán las lluvias. Nuestras lluvias, también especiales. Tan delicadas como persistentes, tan refrescantes como tenaces. Ahora la ves, y ahora no la ves. Es nuestro xirimiri, una delicia fonética, como sus primeras gotas, pulverizadas por quién sabe quién, quién sabe por qué.
Llega el verano y el calor. Llegan las fiestas, los días demasiado largos y las noches demasiado breves, las terrazas llenas, los turistas. Llegan. Como intentando sacar de su adormecimiento eterno a esta ciudad que más parece una anciana fatigada por tanto visto, por tanto oído y sentido. Sabia y callada, como la luna de agosto; un poco más vieja, un poco más sabia.
Llega el verano, con el retraso que se puede permitir quien se sabe esperado y deseado. Pero llega.

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