Sé que a mucha gente no le atrae la idea de comer caracoles pero, para mí, es un producto de la tierra que siempre que tengo la oportunidad de degustarlo -sea donde sea- no dejo pasar. Creo que forma parte de una tradición y una forma de aprovechar los recursos de la naturaleza que, desgraciadamente, se está perdiendo -al menos por estos lares-. Unos caracoles bien limpios y curados, sencillamente hechos a la plancha resultan exquisitos, o deliciosamente suaves cuando se preparan con mantequilla, sal y perejil, a la Borgoñona. O refrescantes y aromatizados con abundantes hierbas del campo como los he degustado por tierras andaluzas. O poderosamente sabrosos como en esta receta a la Navarra en la que, como bien reza el dicho, es mejor la salsa que los caracoles.