La noticia es que no hay noticias. Bueno, al menos no de las que nos interesan; el inicio del verano sigue debatiéndose por estas tierras dejadas de la mano de los dioses entre las lluvias, los cielos preocupantemente grises y algún que otro destello solar claramente despistado –o desorientado-.

Así que al mal tiempo, buena cocina. Hoy os quiero proponer, a modo de trampantojo emocional, una evocadora y deliciosa entrada que aúna parte de los sabores que, personalmente, más asocio al verano; calabacines, albahaca, tomates y que, en esta ocasión, vamos a travestir en un bonito pastelito templado y aromático.

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La receta en cuestión es de origen italiano y la vengo practicando -con mínimo esfuerzo y sorprendentes resultados– desde ya hace bastantes años. Una de sus principales virtudes es la flexibilidad en la elección de los ingredientes; podéis prepararla y rellenarla con prácticamente cualquier producto similar, de temporada y a vuestro gusto. La combinación que os propongo es una de mis preferida, capaz de evocar los cálidos aires veraniego hasta en las más inhóspitas de nuestras costas norteñas. Vamos a ello.

  • Dos Calabacines medianos –los blancos suelen resultar más tiernos y con menos pepitas-.
  • Una Cebolla fresca –mediana-.
  • Una docena de Tomates Cherry pequeñitos y bien maduros.
  • Un Huevo fresco.
  • 60 gramos de Harina tamizada.
  • Media bola o un par de bolitas de Mozzarellaunos 70 gramos-.
  • Media docena de hojas de Albahaca fresca.
  • Un par de pizcas de Orégano seco.
  • Un par de cucharadas de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Una cucharadita de Azúcar de caña –o azúcar moreno-.
  • Sal y Pimientaal gusto y con moderación-.
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Comenzamos preparando los tomatitos asados. Precalentamos el horno a 200ºC. Lavamos los tomates y les hacemos un corte en cruz en la parte superior. Pintamos el fondo de una fuente de horno con un hijito de aceite de oliva, colocamos los tomates, espolvoreamos el azúcar –al gusto-, salpimentamos y terminamos con un poco de orégano seco. Horneamos durante unos 35 ó 40 minutos y cuando estén bien asados –blandos pero no deshechos– los reservamos.

Mientras tanto pochamos en una sartén amplia la cebolla cortada en juliana fina con un poquito de aceite, sal y pimienta. Al mismo tiempo pelamos y cortamos los calabacines en daditos regulares. Una vez pochada la cebolla –unos 20 minutos, hasta que transparente pero sin tomar color– incorporamos el calabacín y dejamos hacer a fuego medio durante otros 15 ó 20 minutos.

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Una vez los ingredientes hayan perdido todo el líquido y el calabacín comience a deshacerse pasamos la mezcla a un colador y dejamos escurrir. Finalmente pasamos esta mezcla al baso de la batidora –o robot– e incorporamos un huevo, la harina y unas hojas de albahaca. Mezclamos hasta obtener una masa lisa y homogénea. Comprobamos el punto de sal y reservamos.

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Tomamos cuatro moldes pequeños y los engrasamos con un poco de aceite de oliva. Cubrimos el fondo de cada uno de ellos con una capa de la mezcla que hemos preparado –15 ó 20 milímetros son suficientes– y colocamos con cuidado un trocito de mozzarella y un tomatito asado. Cubrimos el conjunto con más mezcla hasta llenar poco más de la mitad de la altura del molde –en el horno aumentará el volumen-. En este punto podemos tapar los moldes, reservarlos en frío y esperar hasta el momento de servir o bien continuar de camino al horno.

Introducimos los pasteles en el horno caliente –200ºC– y dejamos cocer durante unos 15 minutos. Una vez transcurrido el tiempo los extraemos y dejamos atemperar durante 10 minutos antes de desmoldar.

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En el momento de servir desmoldamos con cuidado y acompañamos cada pastel con un par de tomatitos asados –que podemos templar previamente– y unas hojas de albahaca o ensalada a nuestra elección. La suave textura del pastel de calabacín con su punto de dulzor y refrescante aroma a albahaca, combinadas con la cremosidad de la mozzarella fundida y el punto ácido-dulce de los tomates asados hacen de esta sencilla entrada un billete para un viaje virtual a las costas soleadas y salinas de nuestras ensoñaciones veraniegas. Esto es todo, sirvámonos una refrescante copa de vino blanco –o rosado-, brindemos porque ustedes lo disfruten y… bon appétit!

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