Muslo y Pechuga
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Sopa de Pescado a la Donostiarra {al estilo de mi Amá}

Publicado el viernes, 5 junio, 2015

Si hay un plato que aúna sencillez con economía, tradición con exquisitez y sabor con lógica éste ha de ser, sin lugar a dudas, la sopa de pescado a la donostiarra. Esta sopa me ha acompañado la mayor parte de mi vida, primero con un mal menor –nunca he sido particularmente afín a sopas y caldos-, después como un reconfortante y evocador plato y, finalmente, como base y tótem de una parte de la cocina familiar y local.

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Esta sopa –según la Academia «plato compuesto de un líquido alimenticio y de rebanadas de pan»– es un grandioso ejemplo de sencillez de preparación e ingredientes, de aprovechamiento y reutilización de los mismos y, también –y ante todo-, una reconfortante y sabrosísima entrada. Partiendo de las partes menos nobles de los pescados –cabezas, espinas, recortes– y algunos pocos ingredientes más, se obtiene una deliciosa y evocadora combinación de sabores y aromas.

Es, también, una manera de avanzar un paso más ya que, partiendo de lo que no deja de ser un sencillo fumet de pescado, vamos a recrear una ligera sopa, de un gusto y finura exquisito y del agrado de todo el mundo –incluido quien esto escribe-. Esta es, en esencia, la receta que durante toda su vida ha preparada mi Amá –mi madre– y que, mil veces preparada y comparada con las versiones de algunos de los más prestigiosos gurús de nuestra cocina tradicional, he de dar, más que por buena, por memorable –digna de ser recordada-. Vamos con los ingredientes;

  • Una cabeza y espina de Mediana o Merluza y otra cabeza y espina de Rape –lo ideal es ir guardándolas congeladas a medida que compremos el pescado para elaborarla más adelante-.
  • Una cola de Rape blanco –también llamado sapo o pejesapo– de ración –opcionalmente podemos emplear otros pescados blancos y/o de roca como el congrio, krabarroka, etc. -.
  • Unos 8 ó 10 Mejillones y otros tantos Langostinos –al gusto-.
  • Medio Sopako –o pan de sopa-.
  • Dos Puerros medianos.
  • Una Cebolla blanca.
  • Dos Zanahorias.
  • Una rama de Apio –opcional-.
  • Una hoja de Laurel.
  • Dos dientes de Ajo.
  • Medio vasito de Txakolí –u otro vino blanco seco-.
  • Tres cucharadas de Tomate Frito Casero –o de uno envasado de calidad-.
  • Media cucharadita de Carne de Pimiento Choricero –opcional-.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Sal –al gusto y con moderación-.
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Comenzaremos por pelar, limpiar y partir en trozos grandes las verduras. Acercamos al fuego fuerte una cazuela amplia y en ella colocamos las verduras y unos dos litros y medio de agua fría. Llevamos a ebullición y dejamos cocer durante unos diez minutos espumando las impurezas si fuera necesario. Transcurrido el tiempo incorporamos los pescados y el  txakolí y, una vez el agua vuelva a hervir, dejamos cocer el conjunto durante unos 5 minutos. Finalmente retiramos la cazuela del fuego,  incorporamos los langostinos y los mejillones –limpios y desbarbados– y dejamos infusionar –reposar– el caldo tapado durante al menos una hora.

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Una vez reposado comenzamos a transformar nuestro sencillo fumet de pescado en una exquisita sopa. Para ello colamos el caldo –con un colador amplio o chino– a fin de separar las verduras, pescados y mariscos y, a continuación, lo filtramos –dos veces mejor que una– y reservamos en una cazuela.

Volvemos al colador y recuperamos los trozos de pescado de aspecto más apetecible, los mejillones y los langostinos. Repasamos y limpiamos los trocitos de pescado –cuidando de retirar bien todas las espinas-, lo desmigamos toscamente y volvemos a incorporarlos al caldo junto con los mejillones sin cáscara y las colas de langostino peladas. Reservamos.

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Tomamos una sartén amplia y sofreímos, en unas 4 cucharadas de aceite de oliva y sin dejar que se quemen, los dientes ajo partidos por la mitad y sin germen. Incorporamos el sopako –pan de sopa– troceado y salteamos el conjunto hasta que el pan se dore suavemente –la cantidad de pan es al gusto, personalmente prefiero una sopa más caldosa y con menos pan-. En este punto retiramos los dientes de ajo e incorporamos el pan salteado al caldo de pescados. Finalmente añadimos las tres cucharadas de tomate casero y la carne de pimiento choricero –opcionalmente-. Comprobamos y rectificamos si fuera necesario el punto de sal y cocemos el conjunto durante unos cinco minutos. La sopa de pescado está lista.

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Emplatamos la sopa distribuyendo en cada plato –o bol– unas piezas de pescado y marisco junto con el caldo y más o menos cantidad de pan al gusto de cada comensal. La sopa combina perfectamente la sutileza del fumet de pescado de su base con los añadidos de tierra en forma de pan, tomate y pimiento que la complementa marcando su carácter. Un verdadero placer para degustar en todo momento, reconfortante, económico, fácil de preparar y que solo requiere de cierta previsión a la hora de conservar los trozos de pescado que generalmente desechamos. Así de sencilla y exquisita es la sopa de Pescado a la Donostiarra al estilo de mi Amás. Espero que ustedes la disfruten y, como siempre… bon appétit!

Categorías:Caldos, Cremas y Sopas, Primeros platos

Etiquetado:Cocido, Langostinos, Mejillones, Merluza, Pan, Puerros, Rape, Tomate

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Bares, qué lugares: Bar Bergara

Publicado el martes, 2 junio, 2015

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| Udaberri: Calabacín con crema de Cigalitas | Aquí comienza el espectáculo: la fachada del Bar Bergara con su solicitada terracita de verano | Falsa Lasaña de Anchoas: montada sobre verduritas | Rojillo: Pimientos del Piquillo con anchoa en Aceite | La insuperable Tortilla de Anchoas: siempre en su punto, siempre deliciosa | Vista de la espectacular Barra: un auténtico deleite para los sentidos | Txalupa: Gratinado de Setas y Langostinos | Hamburguesa de Tomate con Bacalao macerado | Ideal para acabar cualquier cata, el Obispo: Hojaldre de Almendras relleno de crema de Roquefort y Anchoa en salazón |

Bar Bergara | General Artetxe, 8 | 20 002 Donostia – San Sebastián | www.pinchosbergara.es


Hace ya muchos años –seguramente más de los que quisiera reconocer– que tengo la fortuna de poder detenerme de vez en cuando y disfrutar de este fantástico lugar que es el Bar Bergara. Por aquel entonces, era Patxi –hijo de los fundadores– quién dirigía el bar al tiempo que atendía a los clientes con una amabilidad exquisita. Fue también por aquella época cuando el bar se transformó en el germen de lo que, poco más tarde, llegaría a ser: un bar de los ahora denominados «gastro» y que por aquel entonces se denominaba de sencillamente «cocina en miniatura«. Un lugar en el que se podía disfrutar de propuestas culinarias novedosas, más asociadas a la alta cocina en formato «mini» que a la tapa o el pintxo tradicional –dicho sea sin ningún tipo de demérito para éstos, por supuesto-.

Todo esto era, por aquel entonces, una apuesta tan novedosa como arriesgada y, en un corto espacio de tiempo, la barra llena de pintxos tradicionales dio paso a una explosión de color, imaginación y sabores. Y, lógicamente llegaron los premios –como el de mejor Pintxo de 1989 concedido por la Cofradía Vasca de Gastronomía, por citar alguno-, llegó el reconocimiento de crítica y público y, como no, llegaron las copias, imitaciones y, en resumen, la generalización del concepto. ¿Fue el Bar Bergara el iniciador de la renovación de los Pintxos Donostiarras? Personalmente no me cuesta nada creer que así fue o, en cualquier caso, que supuso un revulsivo definitivo para muchos nuevos cocineros de barra y mesa. También se puede disfrutar de la alta cocina de pie o entre taburetes.

Tal vez lo mejor de esta revolución fue la capacidad de innovación desde el respeto y conservación de algunas de las señas de identidad del antiguo bar. El Bar Bergara no sólo es una estupenda cocina y bodega, personalmente, de ellos he aprendido no pocas cosas: cómo debe sentirse tratado un cliente, cómo descubrir y apreciar unos cuantos vinos, cómo preparar unos cuantos pinchos y, sobre todo, que su tortilla de anchoas –y su clásico ajoarriero– son, con toda sinceridad, absolutamente irrepetibles e inmejorables. Un lugar sencillamente imprescindible.

Categorías:De sobremesa, Foodie Photo, Pintxos y Entradas

Etiquetado:Bares, Fotografía

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Brochetas de Codorniz especiada con su Chutney de Fresas { y un leve toque Amaro }

Publicado el jueves, 28 mayo, 2015

El Juego.

Esta receta es mi aportación a la edición de Mayo del Juego de Blogueros 2.0 –este mes dedicado a la Fresa– que tan simpática y eficientemente dirige Mònica desde su Blog Dulcedelimón y que, personalmente, os invito a conocer y disfrutar.

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Podéis deleitaros con el resto de recetas de esta edición “Fresera” en los blogs que escriben nuestros amigos:

  • Rosemary de Alacartemenus
  • Carlota de Art i Cuina
  • Fran de ¡Cocinar y a comer!
  • Carmen de Croqueteandoo y mas
  • Mònica de Dulcedelimón
  • Inma de Entre 3 fogones
  • Ana de Entre obleas y a lo loco
  • Bela de Fácil con Bela
  • Josu de Gordonauta
  • Silvia de Kuinetes
  • Laura de Lirios Cake
  • Ligia de Los Dulces de Ligia
  • Ester de Los Mundos de Piru
  • Noelia de Noestevez’blog
  • Maribel de Picoteando ideas
  • Xavi de Que me gusta un comer
  • Sara de Recetas and Co.
  • Neus de Rorosacabolas
  • Nadia de Siempre sin Gluten

Cada vez somos más los que participamos; así no sé a que esperas para unirte a este divertido y desafiante reto.

Primeros pasos.

Desde el momento en que elegimos la fresa como producto del mes –tras dura pugna con la berenjena– tuve bastante claro que, para variar, mi receta iba a ser salada. Pero salada de un modo en que pudiera combinar con el dulzor y la leve acidez de las fresas. Tal vez potenciando estas características –dulzor y acidez– y contrastándolas con sus complementarios –salado y amargo– podríamos obtener algo interesante.

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El modo de potenciar estas características de las fresas vino por sí solo. Convertir las fresas -u otros productos– en algo más dulce y más ácido al mismo tiempo tiene un exótico nombre: Chutney, un tipo de mermelada agridulce y especiada, que se puede preparar prácticamente con cualquier fruta y/o verdura y que resulta toda una explosión de sabores y aromas difícil de olvidar.

Hemos dado el primer paso y, además, hemos encontrado la clave para continuar con la receta: las especias.

La Caravana de las Especias.

Siempre he mantenido una relación especial con las plantas, hierbas aromáticas y especias. Son, para mí, un componente mágico y, al mismo tiempo, explosivo; su gran secreto es una correcta combinación y dosificación. Son, también, la guinda final perfecta para muchos platos y, en ocasiones, una puerta abierta al exotismo, a los aromas y sabores diferentes y lejanos.

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Una vez decidido que hacer con las fresas –y, por lo tanto, cómo y con qué prepararlas– era hora de combinar y contrastar el resto dela receta. El Chutney –o chatni– los vamos a preparar combinando, básicamente, sabores y aromas ácidos –cebolla, jengibre, vinagre, etc.– y dulces –fresas, azúcar moreno, anís, canela, etc.-. El contraste de la receta habría de venir, por tanto, de sabores y aromas salinos y amargos.

Mi primera opción era verdaderamente radical pero, desgraciadamente, la falta de tiempo no me ha permitido profundizar en ella. La opción final, más segura y contrastada, es una carne firme, sabrosa y capaz de encajar los aromas que la van a acompañar; sal, cardamomo, ajo, clavos, pimientas y chiles. Una carne sencilla de manipular y de fácil acceso –a veces el tiempo apremia-. Elegí las codornices, además de por todo lo apuntado, por su sencillez tanto en la preparación como en la degustación.

Finalmente, y para potenciar el último de los sabores –amargo-, me decidí por preparar una rápida reducción cítrica de un exquisito licor italiano llamado Amaro y que conjuga el amargor de las plantas y hierbas aromáticas con un exquisito dulzor almibarado. Un perfecto contrapunto final para la receta –y un digestivo estupendo para terminar cualquier buena comida-.

Los Ingredientes:

Es conveniente, dada la cantidad de ingredientes que vamos a utilizar, realizar una correcta «mise en place», es decir, disponer todos los ingredientes limpios, pesado y, cuando sea necesario, troceados a su tamaño antes de abordar la receta.

 

Para el Chutney de Fresas:

  • Medio kilo de Fresas de temporada.
  • Un cuarto de Cebolla Morada.
  • Unos 150 gramos de Azúcar Moreno.
  • Dos cucharadas de Vinagre Balsámico –Aceto Balsamico di Modena-.
  • Tres cucharadas de Vinagre de Manzana –o de sidra, vino blanco, etc-.
  • Un trozo de Jengibre fresco de unos 20 ó 30 gramos –rallado o troceado, al gusto-.
  • Media cucharadita de Canela –al gusto-.
  • Cuatro Clavos –de olor, por supuesto-.
  • Media cucharadita de Pimiento de Espelette en polvo –u otro pimiento ligeramente picante y al gusto-.
  • Cuatro cucharadas de agua.
  • Una pizca de Sal y Pimienta –al gusto-.

Para las Brochetas de Codorniz:

  • Cuatro Codornices.
  • Dos lonchas de Panceta Ibérica de unos 3 milímetros de grosor.
  • Media ramita de Canela.
  • Un diente de Ajo.
  • Seis vallas de Cardamomo.
  • Media cucharita de Pimienta de Sichuan.
  • Un Anís Estrellado.
  • Cuatro Clavos de olor.
  • Dos hojas de Laurel.
  • Dos cucharadas de Aceite de Sésamo.
  • El zumo de una Lima Verde.
  • Una cucharada de Salsa de Soja.
  • Una cucharadita de Komezu –vinagre de arroz-.
  • Dos cucharadas de Vino de Jerez –u otro vino blanco seco de vuestro gusto-.

Para la Reducción de Amaro:

  • Unos 200 centilitros de Amaro Siciliano.
  • Una cucharada rasa de Azúcar Moreno.
  • Un trozo de corteza de Naranja.
  • Un trozo de corteza de Lima Verde.

El Chutney de Fresas

El Chutney mejora de un día para otro, por lo que es preferible prepararlo con un día de antelación o bien tenerlo guardado en un recipiente esterilizado, como si de una confitura se tratara, hasta el momento de su utilización –puede conservarse en frío durante unas semanas-.

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Lavamos las fresas, cortamos el pedúnculo –zona dura y menos madura– y las troceamos en cuatro o seis trozos en función del tamaño de cada fresa. Las secamos y mezclamos con con el azúcar moreno en un bol amplio. Dejamos reposar mientras preparamos el resto de ingredientes –unos 20 ó 30 minutos-.

Troceamos las cebolla y el jengibre en brunoise fina –éste último se puede rallar-. Ponemos estos ingredientes junto con el resto de especies en una cazuela alta, añadimos las fresas junto con los líquidos que hayan expulsado y comenzamos a cocer a máxima potencia hasta que se inicie el borboteo. En este punto bajamos la potencia hasta un tercio y dejamos que el conjunto se vaya cociendo durante unos 40 minutos semitapado y removiendo de vez en cuando.

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Una vez el chutney comience a adquirir textura de mermelada lo retiramos y dejamos enfriar –al enfriarse espesará más-. Reservamos al frío al menos durante 24 horas antes de servir –o lo envasamos como una confitura-.

Las Brochetas de Codorniz

Comenzamos separando los muslos y pechugas de las codornices –es una operación bastante sencilla, pero podéis encargársela a vuestro carnicero-. Tomamos una fuente de horno, colocamos los trozos limpios en ella y los salpimentamos ligeramente. Majamos en un mortero todas las especias secas y, a continuación, incorporamos los líquidos. Mezclamos bien ambas partes, bañamos las codornices con esta mezcla y dejamos macerar en frío durante un par de horas. Mientras la carne se macera cortamos las lonchas de panceta en cuadrados de unos 7 x 7 centímetros.

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Una vez transcurrido el tiempo de maceración, tomamos unos palillos de brocheta y comenzamos a montarlas: trozo de panceta, pechuga, panceta, muslo, panceta, pechuga, panceta, muslo y terminamos con un último cuadrito de panceta. Repetimos la operación con todos los trozos de modo que cada brocheta contenga una codorniz completa –dos muslos y dos pechugas, obviamente-.

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Precalentamos el horno en modo grill a unos 220ºC, disponemos la rejilla en el centro –y una bandeja bajo ella para recoger los jugos del asado– y, una vez alcance la temperatura, introducimos las brochetas durante unos 5 minutos. Volteamos las brochetas y dejamos asar durante otros 5 minutos por el lado contrario. Finalmente, las sacamos del horno y dejamos reposar cubiertas hasta la hora del emplatado.

La reducción de Amaro.

Justo antes de emplatar acercamos un cazo pequeño con el Amaro, las cortezas de naranja y lima y el azúcar moreno al fuego medio. Mezclamos bien los ingredientes y dejamos que reduzca durante unos 5 ó 7 minutos hasta que adquiera una consistencia de jarabe –al enfriarse espesará aún más-. Reservamos manteniendo templado.

Emplatado y Conclusión.

Damos un gratinado rápido a las brochetas a máxima temperatura –un golpe de calor de un minuto a unos 300ºC  es más que suficiente-. Disponemos un cordón de Chutney en un lateral del plato y, paralelo a él , colocamos una de las brochetas a la que habremos retirado el palillo de asar. Pintamos un leve cordón de Amaro sobre la brocheta y decoramos con unos piñones tostados en seco, unas gotas del jugo del asado –que recuperamos de la fuente bajo la parrilla de asar-, unas fresas naturales laminadas y una ramita de eneldo.

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El trabajo está completo y el resultado a la vista. Una combinación de sabores dulces y amargos, salados y ácidos envueltos en un embriagador y refrescante aroma de especies, capaz de trasladarnos a otros lugares, a otros paisajes y a otras culturas sin movernos de nuestra mesa y sin abandonar a nuestros –satisfechos– comensales y contertulios. Toda una delicia, mucho menos complicada de lo que a simple vista pueda parecer, y con un resultado que compensa ampliamente el esfuerzo realizado.

Y ya solo me resta insistir, una vez más, en el disfrute que supone pensar, elaborar y, finalmente, degustar estas recetas, fruto de un reto apasionante del que, estoy convencido, todos sacaremos muy buenas y sabrosas lecciones. Esto es el Juego de Blogueros 2.0. Espero que ustedes también lo disfruten. Por mi parte, les deseo todo lo mejor y, como siempre… Bon appétit!

Categorías:Carnes, Frutas y Dulces, Juego de Blogueros 2.0, Segundos platos

Etiquetado:Asados, Azúcar, Codorniz, Especias, Fresas, Guisos, Licores, Panceta, Vinagre

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Ensalada Templada de Espárragos, Tomates y Berenjenas { con Albahaca y Feta }

Publicado el lunes, 25 mayo, 2015

Definitivamente, en esta verde tierra, la primavera sigue más instalada en nuestros deseos que en la climatología. «La lluvia es buena para el campo» solían decir hasta que los tomates comenzaron a desarrollar sus propias branquias. En cualquier caso no nos podemos –o no deberíamos– quejarnos; el día que el sol haga su aparición será todo un espectáculo sobre nuestras verdes colinas y valles que se deslizan hasta el mar. Y quien no se consuela es por que no quiere, se escucha en la lejanía.

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Y es esa lejanía, la Mediterránea concretamente, la base e inspiración de esta sencilla receta que casi ha quedado explicada en el título. Solo nos faltaría apuntar una breve explicación sobre los procesos particulares que vamos a aplicar a cada una de las partes a fin de obtener lo mejor de ellas. Vamos a blanquear y saltear, desecar, confitar y freír los diferentes ingredientes de la receta para terminar combinándolos y crear un delicado, refrescante y completo plato de verano.

Y si queréis convertir esta entrada en un suculento plato único –ideal para todas las operaciones bikini/tripini en marcha– podéis añadirle un par de huevos duros que complementan a la perfección con el resto de ingredientes. Y ya que hablamos de ingredientes, vamos con la lista completa:

  • Dos ramilletes de Espárrago Verdes –trigueros o, mejor aún, salvajes-.
  • Unos 250 gramos de Tomates Cherry bien maduros –una bandeja-.
  • Media Berenjena no muy grande.
  • Unas hojas de Albahaca fresca de hoja ancha.
  • Una pizca de Orégano y otra de Tomillo seco.
  • Unos 150 gramos de queso Feta.
  • Dos Huevos frescos –opcinales-.
  • Un par de cucharaditas de Jarabe de Aceto Balsámico –o una reducción del mismo-.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Sal, Azúcar y Pimienta al gusto.

La primera operación consiste en purgar las berenjenas. Lavamos la pieza, la cortamos en rodajas finas –con unas 12 ó 14 es suficiente-, las salamos abundantemente y las dejamos en un escurridor durante, al menos, 30 minutos para que exuden su amargor.

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Mientras tanto podemos comenzar a confitar los tomates. Tomamos una sartén pequeña, pintamos el fondo con un poco de aceite de oliva y acercamos al fuego medio. Mientras toma temperatura lavamos, hacemos un corte en forma de cruz en cada tomate y, finalmente, los colocamos en la sartén junto con un pellizco de sal, azúcar moreno, un poco de orégano seco y una hojas de albahaca fresca. Dejamos que el conjunto se vaya confirmado lentamente hasta el último momento, cuidando que los tomates queden enteros.

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Una vez transcurrido el tiempo de purgado, pasamos las rodajas de berenjena por agua –para librar el exceso de sal y el amargor externo– y las secamos sobe papel absorbente. Precalentamos el horno a unos 120ºC y colocamos las berenjenas sobre una capa de papel sulfurizado. Salpimentamos suavemente, espolvoreamos con un poco de tomillo y tapamos con otra hoja de papel de horno. Aplastamos bien e introducimos en el horno durante unos 40 minutos hasta que resulten secas y doradas. Para que queden bien crujientes las pasaremos a una superficie fría una vez salgan del horno. Reservamos.

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Vamos con los espárragos. Los lavamos y doblamos sujetándolos por los extremos hasta que se rompan desechando las bases –que pueden ser empleadas para otras preparaciones, como un risotto, por ejemplo-. En una cazuela amplia llevamos a ebullición agua ligeramente salada y, una vez rompa a hervir, introducimos los espárragos durante un minuto. Los retiramos inmediatamente y los pasamos por agua fría a fin de fijar la clorofila –su color verde intenso-.

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Acabamos con los preparativos; troceamos –o desmenuzamos– el queso Feta y lo reservamos. Opcionalmente cocemos los huevos hasta que resulten duros –unos 8 ó 10 minutos en agua hirviendo-. Finalmente acercamos una sartén antiadherente al fuego, pintamos el fondo con un poco de aceite de oliva y, cuando alcance temperatura, freímos las hojas de albahaca durante uno par de segundos por cada lado –han de conservar su tono verde-. Las reservamos sobre papel absorbente.

En este mismo aceite salteamos, a máxima potencia, los espárragos con unos granos de sal hasta que adquieran un tono tostado –lo ideal es que su centro se mantenga crujiente, por lo que la operación ha de realizarse con rapidez-. Reservamos sobre papel absorbente.

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Todo listo, así que vamos con el emplatado. Disponemos unos cuantos espárragos en un plato y espolvoreamos trocitos de Feta  –y huevo opcionalmente– sobre ellos. Colocamos a su lado unos tomates confitados, un par de láminas crujientes de berenjena y unas hojas de albahaca frita. Terminamos pintando los espárragos con un hilo de aceite de oliva de calidad y un toque de jarabe balsámico –se puede preparar reduciendo tres parte de vinagre balsámico por una de azúcar a fuego lento durante unos 5 minutos-.

El resultado ha de combinar el amargor herbáceo de los espárragos trigueros, el dulzor levemente ácido del tomate, la seca salinidad del queso Feta, los aromas y texturas crujientes de berenjenas y albahaca junto con el toque final acido-dulce del jarabe balsámico. Todo un amplio y refrescante abanico de sabores y contrastes que espero que ustedes disfruten como nosotros lo hemos hecho… Bon appétit!

Categorías:Hortalizas, Legumbres y Verduras, Pintxos y Entradas, Platos únicos, Primeros platos

Etiquetado:Albahaca, Berenjena, Ensaladas, Espárragos verdes, Especias, Huevos, Tomate

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Tortilla Campera { de primavera y a mi manera }

Publicado el jueves, 21 mayo, 2015

Tras unos días de vacaciones, depresiones postreras y trabajo acumulado, vamos a comenzar esta nueva temporada con algo tan sencillo y rápido como divertido, asequible y sabroso.

No deja de resultar curioso que bajo este sencillo –y evocador– nombre de «tortilla campera» se agrupen infinidad de recetas tan diversas y variadas como las localizaciones geográficas, las estaciones y/o los gustos de sus cocineros. Es lógico si entendemos que el único nexo común entre todas ellas es su elaboración a base de productos del campo y, por lo tanto, de la temporada y el lugar en que nos encontremos.

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De este modo, una tortilla campera primaveral se preparará con berenjenas, cebollas o ajos frescos, alcachofas, espárragos, etc. Y, por el contrario, su versión otoñal habría de contener tomates, pimientos, espinacas, zanahorias entre otros productos de temporada. No hay, por tanto, una sola tortilla campera, como no hay una sola estación ni un solo lugar en el que ésta se elabora.

La versión que os anoto a continuación podríamos denominarla Tortilla Campera de Primavera –y a mi manera– ya que está elaborada en esta estación y con algunos de sus productos más clásicos. En esta ocasión he optado por una versión muy sencilla, con tres ingredientes básicos –espárragos verdes, alcachofas y champiñones o setas de temporada– y unos cuantos comunes a todas las estaciones ya que aportan, además de la base de la receta –los huevos– una serie de aromas y sabores imprescindible para su elaboración. Vamos con la lista completa de ingredientes:

  • Ocho Huevos frescos grandes –la proporción entre huevos y el resto de ingredientes podéis ajustarla a vuestro gusto; esta receta admite sin problemas hasta una docena-.
  • Media docena también de Espárragos Verdes –si son silvestres, mejor que mejor-.
  • Cuatro Alcachofas medianas.
  • Unos 200 gramos de Champiñones o, mejor aún, de Setas de Temporada –que, en esta ocasión, no conseguí a tiempo-.
  • Cuatro dientes de Ajo –que podéis sustituir por media docena de Ajos Frescos o Ajetes, prohibidos en mi cocina-.
  • Medio Pimiento de Espelette seco –o media Ñora y una punta de Cayena o Guindilla-.
  • Un buen puñado de Perejil fresco.
  • Una loncha gruesa de Jamón de Bodega –cortada en taquitos-.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Sal y Pimienta al gusto –y con moderación-.
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Comenzaremos por preparar la verduras de temporada. Pelamos, troceamos en cuatro partes cada una de las alcachofas y las salteamos durante unos minutos con un poco de aceite de oliva y  sal –el proceso detallado lo podéis leer en esta otra receta-. Reservamos. Lavamos, cortamos la parte inferior de los espárragos y los salteamos durante unos 8 ó 10 minutos en una sartén con unas gotas de aceite y a fuego fuerte hasta que adquieran un tono tostado. Reservamos también.

Si vamos a emplear ajos tiernos –ajetes– los limpiamos, troceamos y salteamos a fuego medio junto con los taquitos de jamón. En caso contrario pelamos, retiramos el germen y salteamos los dientes de ajo troceados en cuatro junto con el jamón. En ambos casos hay que tener muchísimo cuidado para que no se quemen ya que amargarían y estropearían la tortilla.

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Una vez tomen color –y continuando a fuego medio– incorporamos los champiñones –o setas de temporada– limpios y troceados, unas ramitas de perejil troceado, el pimiento seco –de Espelette o Ñora– troceado, los espárragos y alcachofas también troceados en un tamaño similar al de los champiñones. Removemos, salpimentamos –teniendo cuidado con la sal del jamón– y dejamos hacer hasta que los champiñones hayan liberado todo su líquido y éste se haya evaporado.

Mientras tanto batimos los huevos en un bol o cuenco amplio. Personalmente prefiero no batirlos demasiado para obtener una cierta diferenciación entre las claras y las yemas, pero esto es una opción personal, como lo es el punto de cuajado de la tortilla –que prefiero sea jugoso-. Y, como para gustos están los colores, sigamos con la receta.

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Incorporamos todos los ingredientes salteados a los huevos batido, removemos bien y dejamos reposar –para que los sabores se extiendan– durante unos minutos. Mientras tanto, acercamos una sartén amplia y con un poco de aceite al fuego medio-alto. Una vez adquiera temperatura vertemos la mezcla, añadimos otro puñadito de perejil troceado –para que aporte el frescor final– y dejamos cuajar suavemente, removiendo de vez en cuando con la ayuda de una espátula.

Cuando los huevos estén a medio cuajar volteamos la tortilla con la ayuda de un plato amplio y continuamos la cocción durante un par de minutos a fuego medio-bajo y ya sin remover. Compramos el punto de cocción con la ayuda de una puntilla –o cuchillo– y cuando esté a nuestro gusto la retiramos del fuego. Es conveniente dejarla reposar unos minutos antes de servirla para que se atempere un poco.

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Ha llegado el momento de la degustación de esta sinfonía de sabores, aromas y textura de nuestros campos en primavera. Un plato ideal para un día como hoy, en los que la bella estación comienza a hacer las maletas para dar paso al verano. Despidámosla, por tanto, disfrutando de una generosa porción de tortilla, un buen trozo de pan casero y, como no, un aromático vino joven. Mientras tanto, un servidor se despide dejándoles, como siempre, con mis mejores deseos y… bon appétit!

Categorías:Hortalizas, Legumbres y Verduras, Huevos y derivados, Segundos platos

Etiquetado:Alcachofa, Champiñones, Espárragos verdes, Fritos, Huevos, Jamón

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de almadrabas y fortunas

Publicado el martes, 19 mayo, 2015

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Semimojama de Atún Rojo sobre Queso Payoyo, Pan de Pipas y Confitura de Tomate | El Atún Rojo como sujeto y protagonista multicultural:  Sashimi, Tartar, Tataki y Carpaccio de Atún Rojo de Almadraba | Parrillada al punto de Tarantelo, Morrillo y Ventresca de Atún Rojo | Un exquisito y perfectamente asado Carabinero al natural | Guía de despiece –Ronqueo– y denominación de los cortes del Atún Rojo de Almadraba | Tataki de Atún Rojo con Sésamo y Perlas de Cítricos | Tartar de cola blanca de Atún Rojo con Mostaza a las finas hierbas, Alcaparras y Vino oloroso  |  Ortiguillas –anemonia sulcata– en fritura | Lomo Picante de Atún Rojo con Sésamo, Wakame y Daikon | Platos procedentes de El Campero {Barbate}, La Bahía {Conil}, Los Pescadores {Chicana de la Frontera} y Francisco – La Fontanilla {Conil}


«Da bienes Fortuna, que no están escritos» anotaba don Luís de Góngora y Argote. Y también «audentes fortuna iuvat» –la fortuna sonríe a los osados– sentenciaba, muchos siglos atrás, Virgilio en su Eneida.

Puede que poca fortuna haya en disfrutar de unos días de vacaciones, como seguro claman algunos de mis sufridos lectores. Pero no por ello deja de ser cierto que estos días de asueto, planteados inicialmente como un compromiso familiar y estratégico –que ha acabado elongándose y enriqueciéndose-, hayan sido toda una fortuna para quien esto escribe.

Puede ser que que tras recorrer más de mil kilómetros, reencontrarse con la primavera, la verdadera, la cálida y prometedora, sea otro fruto de la fortuna. Como también puede que, tras este agotador periplo, contemplar y disfrutar los frutos y trabajo de la almadraba satisfaga –rojo el mar, roja la tierra– algunas de las más recónditas de nuestras ansias y apetitos.

O tal vez sea la fortuna poder observar –o de llevar casi treinta años haciéndolo– cómo la cocina, los saberes y los sabios haceres de las gentes del lugar, de este lugar, evolucionan hacia la sublimación del producto, sin lujos ni aditamentos, y también con ellos. Como un producto único, magistral, es elevado al summum, con sencillez e inteligencia. Con conocimiento ancestral y también con los aportes más exóticos imaginables. Fortuna, tal vez solo fortuna.

Como inmensa es la fortuna que supone gozar de una familia, de unos amigos, con quienes disfrutar y compartir una estupenda mesa y sobremesa, de una estupenda cosecha de almadraba y de toda la fortuna y felicidad compartida de tenernos los unos a los otros. Fortuna, simplemente fortuna.

Categorías:De sobremesa, Foodie Photo

Etiquetado:Almadraba, Atún, Fotografía, Restaurantes

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Parmesana de Berenjenas a la antigua {Parmigiana di Melanzane all’antica}

Publicado el jueves, 7 mayo, 2015

No deja de resultar curioso que esta receta, tan conocida en y por todo el mundo, tenga sus pequeños secretos además de una interesante historia. A primera vista, cualquiera afirmaría que su nombre proviene del tipo de queso que se emplea en su elaboración o de la región productora del mismo; Parma. Nada más lejos de la realidad de este delicioso plato. Y es que, según cuentan, su verdadero origen hay que buscarlo en la lejana Persia desde donde y, través de las sucesivas invasiones árabes-magrebíes, llegó a la bella Sicilia.

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Al parecer, el montaje de las sucesivas capas de berenjenas fritas alternadas con otros ingredientes –yogur o queso fresco en su versión inicial, tomate más adelante– recordaba a los habitantes de la bella isla mediterránea a las persianas de láminas –curiosamente en castellano, persiana también hace referencia a Persia– . El caso es que en siciliano antiguo, estas persianas eran llamadas «parmiciane» y, por lo tanto, el plato era conocido como «milinciani a parmiciane» –que podríamos traducir como berenjenas en persiana, es decir, en láminas superpuestas-. Es de este término y concepto del que, posteriormente, derivó el actual «Parmigiana di Melanzane».

La segunda curiosidad podríamos denominarla «Una historia de quesos». Como decíamos, originalmente las capas de berenjena se alternaban con yogur o queso fresco –kashk-. Coincidiendo con la expansión de la receta, ésta entró en contacto, en primer lugar, con la sureña Mozzarella, que fue inmediatamente incorporada a la misma. Más adelante -y más al norte– coincidió con el Parmesano que también termino por ser añadido al mismo tiempo que se adueñó del nombre y origen de la receta. C’est la vie!. Nacer en el creciente fértil, madurar en Sicilia y acabar siendo tomado por una italiana del norte es algo solo al alcance de una deliciosa receta como esta Parmesana de Berenjenas.

Afortunadamente, todavía a día de hoy, persiste la receta antigua, en la que los aderezos continentales son obviados, la cremosidad de la Mozzarella es sustituida por la de quesos locales –como el Tuma fresco o el Primosale, ambos parientes del Pecorino– y la costra crocante de Parmesano es obtenida con algo tan simple como unas migas de pan duro y crujiente. Vamos con el resto de ingredientes que vamos a necesitar para prepararla «a la antigua» –con algún añadido-.

  • Tres Berenjenas medianas.
  • Unos 200 gramos de Tomate Frito casero –o envasado de calidad-.
  • Una taza de Harina –para rebozar-.
  • Una bola de Mozzarella.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Unas hojas de Albahaca fresca.
  • Una pizca de Orégano.
  • Una pizca de Parmesano -opcionalmente y para gratinar-.
  • Un puñado de Picos de Pan -que romperemos «groseramente» a mano.
  • Una cucharadita de Azúcar –para corregir la acidez del tomate-.
  • Sal –para secar las berenjenas y sazonar-.
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Comenzaremos por extraer el amargor de las berenjenas. Para ellos las lavamos, cortamos en rodajas finas –de unos 3 milímetros-, salamos abundantemente y dejamos escurrir durante al menos media hora. Transcurrido el tiempo –cuanto más, menos amargor– las retiramos sobre papel absorbente y dejamos escurrir.

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Acercamos una sartén mediana con un par de dedos de aceite de oliva al fuego fuerte. Comenzamos a enharinar las rodajas de berenjena –retirando el exceso con unos golpecitos– y las vamos friendo hasta que tomen un suave color dorado. A medida que se vayan friendo las retiramos, de nuevo, sobre papel absorbente para retirar el exceso de aceite.

Al mismo tiempo podemos ir aderezando el tomate a nuestro gusto con un poco de sal, azúcar y orégano. Una vez al punto –al gusto– lo reservamos hasta el montaje.

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Una vez escurrida las berenjenas y aliñado el tomate procedemos a montar la Parmesana. Pintamos el fondo de una fuente de horno con un poco de aceite de oliva y un par de cucharadas de tomate. Sobre él disponemos una primera capa de berenjenas y volvemos a pintar con un poco más de tomate. Añadimos unos trocitos de mozzarella, unas hojas de albahaca y, por último, unos trozos de picos rotos y aplastados . Volvemos a repetir la operación; más berenjena frita, tomate, mozzarella y picos hasta terminar con los ingredientes. Sobre la capa superior podemos espolvorear un poco de Parmesano antes de gratinar –o una dosis extra de crujientes picos rotos-.

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Calentamos el horno a 200ºC y, una vez alcance la temperatura, introducimos la parmesana de berenjenas en su interior durante unos 10 minutos y listo; la ricetta è pronta!. Acabamos de preparar un plato nutritivo, refrescante, sencillo, económico y tan lleno de aromas mediterráneos como de historia. Un plato ideal para ser degustado en estos primeros días de calor, del agrado de todo el mundo y al que podemos acompañar con un vino joven o, por qué no, una refrescante cerveza. Que ustedes lo disfruten y, como siempre… bon appétit!.

Categorías:Hortalizas, Legumbres y Verduras, Primeros platos

Etiquetado:Asados, Berenjena, Fritos, Harina, Pan, Queso, Tomate

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Caldo templado de Espárragos y Verduras blancas con sus Yemas cristalizadas y Tuétano asado

Publicado el jueves, 30 abril, 2015

El Juego.

Esta receta es mi aportación a la edición de Abril del Juego de Blogueros 2.0 –dedicada al Espárrago– que tan simpática y eficientemente dirige Mònica desde su Blog Dulcedelimón que, personalmente, os invito a conocer y disfrutar.

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Podéis deleitaros con el resto de recetas de esta edición «Esparraguera» en los blogs que escriben nuestros amigos:

  • Carlota de Art i Cuina
  • Fran de ¡Cocinar y a comer!
  • Mònica de Dulcedelimón
  • Inma de Entre 3 fogones
  • Ana de Entre obleas y a lo loco
  • Silvia de Kuinetes
  • Ligia de Los Dulces de Ligia
  • Maribel de Picoteando ideas
  • Cristina de Quédate a comer
  • Sara de Recetas and Co.
  • Neus de Rorosacabolas
  • Nadia de Siempre sin Gluten

La Introducción.

Si en la edición anterior de este Juego de Blogueros –dedicada al aguacate– me lamentaba de mi escaso aprecio por dicha fruta exótica, en esta ocasión he de felicitarme por la fortuna que he tenido con nuestro nuevo producto del mes. Dicho en cuatro palabras; me apasionan los espárragos, ya sean silvestres, trigueros o blancos. Es uno de los pocos productos de la huerta que, una vez finalizada su temporada, añoro ansiosamente hasta la llegada de la próxima. Quién me ha visto y quien me ve!

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Lo cierto es que mi aprecio por estos frutos de nuestras huertas y campos no es muy antiguo y, hace unos años, huía de ellos como quien huye de la peste. Recuerdo algunas comidas en casa de mis suegros, en plena Ribera Navarra –tierra de los mejores espárragos– y el pánico que me producían las infinitas fuentes –o así me lo parecían– rebosantes de espárragos blancos recién cocidos que aparecían en la mesa como por arte de un pantagruélico –y maléfico– encantamiento. Y las torvas miradas indicando de que nadie se levantaba de la mesa hasta que aquellas fuentes no estuvieran escrupulosamente finiquitadas.

Visto con la perspectiva que dan los años, tal vez fuera esa presión –o la voluntad por congraciarme con mis suegros– lo que plantó la primera semilla de mi aprecio por este producto. En cualquier caso, y a día de hoy, no concibo una primavera sin espárragos, sin los viajes a la Cooperativa Agraria en su búsqueda –máxima calidad y frescura al mínimo precio-, sin las horas de pelado y repaso y, en definitiva, sin buscar o inventar –o intentar hacerlo– nuevas recetas que alegren los kilos de espárragos que consumimos cada temporada –y son muchos-.

La Idea.

La idea base es sencilla: retomar una de las prácticas más usuales en la Ribera Navarra –y supongo que del resto de zonas productoras de espárragos blancos-. Dicha práctica consiste en filtrar y conservar el agua de cocción de los espárragos para utilizarlo bien como caldo, bien como refresco y, sobre todo, como bebida beneficiosa para la salud. Este caldo, además de poseer un delicado sabor, constituye un verdadero cocktail de las mejores propiedades de esta blanca verdura –que no hay que confundir con el jugo de los espárragos envasados; por lo general, una simple salmuera más o menos edulcorada-.

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Para aportar algo más de dimensión a este caldo, lo vamos a aromatizar –muy suavemente– con algunas verdura blancas –apio, cebolla, puerro e hinojo-. Completaremos la receta con un sugerente juego de contrastes de texturas y aromas; por una parte con unas yemas de espárrago, a las que daremos un toque dulzón y levemente crocante y, por otra, un rotundo, carnoso y fondant taco de tuétano asado. Por último, utilizaremos el exquisito y seco aroma del azafrán como hilo conductor y de este breve –y, en realidad, extremadamente sencillo– cocido de espárragos, verduras blancas y carnes.

Los Ingredientes.

Para el Caldo:

  • Un kilo y medio de Espárragos blancos y fresco de segunda categoría –de calibre mediano/pequeño-.
  • Media Cebolla blanca mediana.
  • El blanco de un Puerro mediano también.
  • Una lámina de bulbo de Hinojo –opcional-.
  • Una ramita de Apio –opcional-.
  • Un pellizco de Azafrán Manchego –al gusto-.
  • Media docena de briznas de Cebollino fresco.
  • Sal al gusto.

Para las Yemas cristalizadas:

  • Una docena de Espárragos blancos frescos de primera categoría –calibre mediano/grande-.
  • Una nuez de Mantequilla –unos 20 gramos-.
  • Una cuchara de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Cuatro cucharadas de Sirope de Ágave.
  • 200 mililitros de Leche entera.
  • Sal al gusto.

Para el Tuétano asado:

  • Ocho cortes de hueso de pierna de vacuno con su Tuétano –o cañada-.
  • Media cucharada de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Sal en Escamas –tipo Maldon-.

La Receta.

Lo primero que hemos de hacer es limpiar y purgar los huesos con el tuétano. Para ello los mantendremos sumergidos en agua fría durante, al menos, un par de horas. Una vez limpios los escurrimos y reservamos.

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Mientras tanto comenzaremos a preparar el caldo. Para ello limpiamos, pelamos los espárragos finos, recortamos los bordes inferiores y los pasamos por la licuadora. A lo largo de las pruebas que he realizado he obtenido –aproximadamente– unos 300 mililitros de jugo de espárragos por cada kilo y medio en bruto –sin limpiar-, cantidad más que suficiente para la receta.

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Filtramos inmediatamente este jugo y lo pasamos a una cazuela a la que añadiremos unos 150 mililitros de agua, la media cebolla, el blanco del puerro y, opcionalmente, una ramita de apio y una lámina de bulbo de hinojo –obviamente todo ello pelado y limpio-. Llevamos el conjunto a ebullición y, en cuanto comience a hervir, tapamos, retiramos del calor y dejamos infusionar durante unos 15 ó 20 minutos. Para acabar volvemos a filtrar el caldo, comprobamos y rectificamos el punto de sal y lo reservamos cubierto y en frío.

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Vamos con la yemas. Pelamos, torneamos y separamos las puntas –o yemas– de los tallos de los espárragos más gruesos –podéis utilizar estos tallos para aportar más sabor a la cocción del caldo-. Tomamos una olla en la que quepan todas las yemas en una sola capa y las cubrimos con unos 200 mililitros de agua y otros tantos de leche. Incorporamos las cuatro cucharadas del sirope de ágave, un pellizco de sal y cocemos a fuego suave –cuidado con la leche– durante unos 10 minutos desde que rompa el primer hervor.

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Una vez transcurrido el tiempo, limpiamos y escurrimos las yemas con mucho cuidado -ya que estarán al dente– sobre un papel absorbente. Tomamos una sartén amplia y fundimos en ella la mantequilla junto con el aceite de oliva a fuego medio-bajo. Incorporamos las yemas bien escurridas y dejamos –volteándolas cuidadosa y continuamente– que tomen un bonito color dorado por efecto del calor y el azúcar del sirope. Reservamos.

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Vamos con el último proceso: asar el tuétano. Precalentamos al horno a 190ºC. Escurrimos perfectamente los huesos y los colocamos en una fuente de horno cuyo fondo habremos engrasado muy ligeramente con un poco de aceite de oliva. Una vez el horno alcance la temperatura adecuado, asamos durante diez o doce minutos –en función del tamaño-, damos la vuelta a los huesos y volvemos a asar otros tantos minutos. Retiramos, dejamos reposar unos minutos y, en cuanto puedan manipularse, extraemos con mucho cuidado los tuétanos enteros –separar con una puntilla y soplar a través del hueso siempre es un buen truco-.

La Presentación.

Vamos con el montaje y emplatado. Templamos muy ligeramente el caldo –no ha de llegar a hervir-. Colocamos en un bol de mesa o plato hondo –aptos para el horno– tres de la yemas de espárrago. En su centro depositamos una porción de tuétano asado y espolvoreamos el conjunto con el cebollino picado muy finamente y unas hebras de azafrán. Finalmente añadimos unas escamas de sal sobre el tuétano y gratinamos el conjunto a máxima potencia –unos 300ºC– durante un par de minutos.

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Retiramos los boles o platos del horno –con mucho cuidado– y añadimos un par de cazos del caldo templado. La receta está preparada y lista para ser degustada. Al combinar elementos líquidos, sólidos, blandos y crujientes –es prácticamente un cocido– nos proveeremos de cuchara, tenedor y cuchillo y procuramos degustarlo combinando al mismo tiempo porciones de los tres ingredientes principales.

La Conclusión.

El plato ha de ser un refrescante y, al mismo tiempo, reconfortante caldo templado de verduras y carne en el que se conjugan diversas texturas –crujientes, cremosos, líquidos– y aromas –minerales, dulces y carnosos– para destilar un sabor único y delicado matizado por un toque levemente ahumado y un punto final de dulzor seco.

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He de concluir diciendo que he disfrutado trabajando tanto en la idea, como en la elaboración y degustación de esta receta, fruto de un reto apasionante de investigación, innovación y cata y del que, estoy convencido, todos sacaremos buenas y sabrosas lecciones. Esto es el Juego de Blogueros 2.0. Espero que ustedes también lo disfruten. Por mi parte ya solo me resta desearles todo lo mejor y, como siempre… Bon appétit!

Categorías:Juego de Blogueros 2.0, Primeros platos

Etiquetado:Azafrán, Cebolla, Espárragos, Guisos, Leche, Puerros

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Cococha {nel}

Publicado el lunes, 27 abril, 2015

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Kokotxa, cococha… ¿Cuál es la mejor manera de degustar este exquisito bocado de mar?. Una vez más en los gustos y, tal vez, en el momento está la respuesta. Rebozadas resultan un exquisito y jugoso aperitivo o entrante. En salsa, un delicado y excelente plato de pescado. Asadas a la parrilla liberan todo su sutil perfume y realzan su textura sobre un ligero aroma de carbón y brasas. En cualquier caso, es en la frescura del producto y el punto de preparación donde residen sus únicos y verdaderos secreto.


Según la Real Academia de la Lengua – Cococha (del vasco kokotxa, barbilla de la merluza): 1. f. Cada una de las protuberancias carnosas que existen en la parte baja de la cabeza de la merluza y del bacalao. Es un manjar muy apreciado.
Y, ya que técnicamente no hay nada que reprochar, sazonemos la definición con un poco de alma y fantasía. Son pequeñas, lujosas, atemporales y admiradas, como, por ejemplo, la «petite robe noire» de Coco Chanel. También ha querido el azar que atiendan, además de todas estas características, a un nombre prácticamente idéntico.
Me pregunto si la gran artista –y controvertida persona– llegó a probarlas en alguna ocasión. Si cayó prendada de su álter ego culinario y su delicado sabor. Si las disfrutaba oculta y temerosa de que alguien descubriera en ellas el meloso secreto de su nombre, infinitamente más seductor que el de Gabrielle Chasnel. Si llegó a elaborar un preciso método de corte para extraerlas en todo su esplendor con sus maravillosas tijeritas de oro, siempre colgadas de su frágil pero enérgico cuello. Si calladamente ideó y desarrollo novedosas y elegantes recetas que aún dormitan en algún cajón perdido o en alguna caja fuerte. Si su elegancia cromática –blanco, negro, plata– sirvió de fuente de  inspiración para alguna de sus colecciones. Si en su pequeño bolso –noir aussi, bien sûr– llevaba un misterioso recipiente –marcado como Nº1– en el que, entre pequeños hielos a modo de diamantes, conservaban a temperatura ideal este fastuoso regalo de los mares. Si compartió este secreto con sus también secretos amantes. Si no destilaría algo de su inspiración –y su energía– de la sutileza de este manjar. Si…
Hay tantas preguntas y una sola respuesta en forma de cualidad: la exquisitez.

Categorías:De sobremesa, Pescados y Mariscos, Pintxos y Entradas, Primeros platos

Etiquetado:Fotografía, Palabras

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Bricks de Pollo al Curry con Manzana verde y Shiitake

Publicado el jueves, 23 abril, 2015

Vamos con una receta que es verdaderamente rápida, sencilla, sabrosa, diferente y, además, aparente. Una receta divertida que lo mismo sirve para una cena ante el televisor que de entrada para una «soirée» de compromiso. Es, además, una receta de pollo de esas que me gusta remarcar aunque solo sea por rendir homenaje al título de este pequeño espacio de aromas, gustos y palabras.

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Como en sabéis, el Curry es una mezcla de especias originaria de la india que varía en función de la región y de los gustos de cada cocinero. En esencia, esta mezcla, también llamada Masala –aunque la exactitud de cada uno de estos términos da para muchas opiniones y debates-, suele estar compuesto por cúrcuma, comino, jengibre, cardamomo, pimienta, chiles, etc. En alguna ocasión he preparado una mezcla casera con éstas y otras especias –como, por ejemplo en mi Tartaleta de Cebolla y Beicon al aroma Masala– y el resultado es muy satisfactorio, muy adaptado al gusto personal –obviamente– y no demasiado laborioso.

Sin embargo, y para esta ocasión, he preferido emplear una mezcla ya envasada, no muy picante y de un extraordinario aroma cítrico –Royal Curry-. Lógicamente, el tipo de mezcla, su intensidad y cantidad a emplear queda en manos –y al gusto– de cada cual y de su aprecio por esta deliciosa e incomparable mezcla de sabores. Personalmente prefiero un aroma intenso y no excesivamente picante pero, para gustos están los sabores. Una vez dicho esto vamos con la breve lista de ingredientes que vamos a necesitar.

  • 10 hojas de Pasta Brick –que podéis comprar en cualquier tienda o supermercado-.
  • Dos Pechugas de Pollo de corral –unos 700 gramos de carne una vez limpia-.
  • Una Manzana Verde de carne dura –tipo Granny Smith, por ejemplo-.
  • Unos 150 gramos de Setas Shiitake.
  • Unos 150 mililitros de Nata.
  • Medio vasito de Vino Blanco seco –unos 100 mililitros-.
  • Una nuez de Mantequilla –unos 20 gramos-.
  • 3 cucharadas de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Unas 2 ó 3 cucharadas de Curry –al gusto y dependiendo del tipo de mezcla que utilicéis-.
  • Unas ramitas de Cebollino fresco.
  • Un Huevo –solo emplearemos la yema como adhesivo para cerrar los bricks-.
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Comenzaremos por trocear las pechugas de pollo en daditos pequeños y aprovechamos para terminar de limpiar bien la grasa y durezas –si los hubiera-. Colocamos estos trocitos en un bol, los salpimentamos suavemente e incorporamos el aceite y el curry. Mezclamos bien todos los ingredientes y dejamos macerar durante unos 30 minutos.

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Mientras tanto pelamos y troceamos la manzana en daditos de tamaño similar a los del pollo y los reservamos.

Al mismo tiempo limpiamos y laminamos las setas. Ponemos en una sartén amplia una nuez de mantequilla y media cuchara de aceite de oliva y acercamos al fuego fuerte. Cuando alcance buena temperatura salteamos rápidamente las setas y las reservamos también.

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En esta misma sartén y una vez completado el tiempo de maceración, salteamos los daditos de pechuga junto con el líquido restante de la maceración, primero a fuego fuerte y, una vez se hayan dorado ligeramente por todas sus caras, a fuego suave durante unos 2 ó 3 minutos.

Incorporamos a la sartén los trocitos de manzana, el cebollino picado finamente, las setas, la nata y el medio vaso de vino blanco. Mezclamos bien todos los ingredientes y dejamos cocer suavemente hasta que la salsa espese bien. Retiramos del fuego y esperamos a que la mezcla se enfríe para poder manipularla –con lo que la salsa también tenderá a solidificarse-. Mientras tanto podemos precalentar el horno a 180ºC.

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Vamos a ir armando los triangulitos. Para ello cortamos las hojas de pasta brick por la mitad y, a continuación cada una de las mitades de nuevo en dos –los trozos exteriores pueden ser más pequeños que los interiores ya que los vamos a desechar-. Tomamos una cucharada de la mezcla preparada y la depositamos sobre el extremo de uno de los cuartos de pasta –a unos dos dedos del borde-. Doblamos la pasta en triángulo varias veces sobre si misma hasta terminar sellando con una pincelada de yema de huevo batido. Como el sistema es mucho más sencillo de ver que de explicar para quien no lo haya hecho nunca, os dejo este enlace a YouTube en el que se explica perfectamente el proceso –es realmente sencillo-.

Una vez completados los triángulos los colocamos sobre papel sulfurizado ligeramente engrasado con un poco de aceite de oliva y los horneamos durante unos 15 ó 20 minutos hasta que alcancen un bonito y crujiente color dorado.

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Los triángulos de pollo al curry están listos para ser degustados; crujientes pero tiernos en su interior, aromáticos y refrescantes y llenos de sensaciones y contrastes. Un verdadero deleite que podemos potenciar con un Chardonnay bien frío –o un merlot joven para los más osados-. Habitualmente suelo acompañarlos con una ensalada de brotes tiernos aliñada únicamente con aceite, sal y pimienta de Sichuan o bien con una salsa de yogur ácida –por ejemplo mi Dip de Yogur-. Y, una vez más, esto es todo. Espero que ustedes lo disfruten y como siempre… bon appétit!

Categorías:Carnes, Pintxos y Entradas, Platos de Fiesta

Etiquetado:Asados, Curry, Especias, Guisos, Manzanas, Pollo, Setas, Vino

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