Muslo y Pechuga
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Arroz meloso de Callos de Bacalao y Boletus Confitados

Publicado el martes, 10 noviembre, 2015

La cocina es un viaje. Un viaje que realizamos –vivimos– tanto a través de nuestras experiencias como de las de quienes nos rodean y con quienes compartimos fuegos, fregaderos y sobremesas.  Y como todo viaje, sea de un minuto o de toda una vida, siempre comienza con un primer paso. Un primer paso que  puede ser una pequeña idea, una breve lectura, un comentario, una imagen o una reflexión sobre alguna experiencia previa. Un impulso que nos pone en marcha y nos plantea tantas opciones como incertidumbres. Lo cómodo –tal vez lo práctico– sería obedecer siempre las señales al pie de la letra, no salirse nunca del camino y llegar al punto deseado con el menor desgaste posible. Cómodo pero aburrido. Es por ello que en esta afición –pasión– culinaria nos gusta buscar -y, tal vez, encontrar– alternativas. Unas veces más acordes a nuestros gustos predefinidos, otras más rompedoras –innovadoras, experimentales– o, por qué no, más prácticas y ajustadas al día a día de nuestros fogones y alacenas. Como todo en esta vida, simple cuestión de equilibrio –que no de inmovilismo-.

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Esta receta era la base –el punto de partida– de la que hubiera sido mi aportación al Juego de Bloqueos 2.0 –dedicado a las setas– y que por una acumulación de deberes y asuntos personales que no vienen al caso, no pude presentar en su día. Es, también, una receta que bebe claramente de la sabiduría del gran maestro Santi Santamaría, por quien ya conocéis mi admiración y también de las sugerentes y brillantes ideas de Albert Ortiz del Restaurante Axol –de inexcusable visita-. Y como remate y toque final –y aportación personal-, un tradicional confitado de hongos –Onto Beltza, Ceps o Boletus Edulis-, en corte de escalope que aportan la parte falsamente proteica al plato y su peculiar acabado.

Antes de entrar en materia he de aclarar –para quien no lo sepa– que los llamados callos o tripas de bacalao son, en realidad, la vejiga natatoria de este suculento pescado de nuestros mares más fríos. Una teórica pieza «de tercera» que aporta una desbordante cremosidad a través de su gelatina, una textura levemente resistente y un moderado aroma salino digno de ser tenido muy en cuenta. Vamos con el resto de los ingredientes.

  • Unos 300 gramos de Boletus Edulis –Hongos, Ceps, etc.– de tamaño mediano.
  • Unos 150 gramos de Callos de Bacalao salados.
  • 300 gramos de Arroz Arborio –o Carnaroli, especiales para risotto-.
  • Una Cebolla Blanca mediana –o, mejor aún, una cebolleta fresca-.
  • Unos 125 mililitros de Vino Blanco Seco.
  • Media cucharadita de Pimienta de Sichuan.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Una cucharada de Mantequilla –opcional-.
  • Un par de ramitas de Perejil –para el emplatado-.
  • Sal y Pimienta al gusto –y con moderación-.
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Comenzaremos por preparar los callos de bacalao desalándolos. Para ello los cubrimos con agua y los dejamos reposar en la nevera durante unas doce horas. Una vez desalados volvemos a cubrirlos con agua fría y limpia –algo menos de un litro-, los llevamos a ebullición y, en cuanto ésta comience, los apartamos del calor dejando que se atemperen en el agua. Esta agua llena del sabor derivado de la cocción la emplearemos, más adelante, para la preparación del arroz.

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Mientras tanto preparamos los hongos –boletus-. Limpiamos cuidadosamente con un paño húmedo los restos de tierra y hojas –pelando ligeramente el tallo si fuera necesario– y separamos los cortes centrales de cada pieza de unos 2/3 milímetros de grosor para el confitado. Troceamos el resto de los hongos para condimentar el arroz.

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Tomamos una cazuela pequeña y disponemos las láminas –escalopes– de hongo en su interior junto con los granos de pimienta de Sichuan. Cubrimos con aceite de oliva y acercamos al fuego fuerte. Una vez los hongos comiencen a liberar su agua –a chisporrotear– bajamos el fuego al mínimo, cubrimos y dejamos confitar durante unos 45 minutos. Al cabo de este tiempo, retiramos con sumo cuidado los hongos, los depositamos sobre papel absorbente y reservamos a temperatura ambiente hasta la hora del marcado y emplatado. Filtramos y reservamos, también, este aceite de confitado para más adelante.

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Pintamos el fondo de una sartén con parte del aceite del confitado –reservamos el resto para el arroz– y salteamos en él, a fuego fuerte, durante unos minutos –tres o cuatro serán más que suficientes– los trozos de hongo que hemos recortado tras extraer los escalopes centrales.

Finalizamos los preliminares troceando los callos de bacalao en pedacitos de unos 5 por 10 milímetros –bocaditos del tamaño de los hongos aproximadamente-.

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Vamos con el arroz. Picamos finamente la cebolla –o cebolleta– y la rehogamos suavemente en una cazuela cuyo fondo habremos pintado con el aceite de confitar los hongos. Una vez tome un suave color dorado añadimos el arroz y el vino blanco, salpimentamos, y dejamos que el líquido se evapore mientras el arroz se perla –se vuelva transparente-. Añadimos un cazo de caldo de agua de cocción de los callos de bacalao y removemos hasta que el líquido se evapore. Volvemos a incorporar un cazo de caldo y repetimos la operación durante unos quince minutos –el mismo método que para la preparación de un risotto-.

Pasado ese tiempo incorporamos los hongos salteados y los callos de bacalao troceados, removemos bien el conjunto, añadimos un par de cazos más de caldo y mantenemos al fuego unos 3 minutos más. Finalmente retiramos del calor, añadimos –opcionalmente– la mantequilla que aporta brillo y más cremosidad, removemos y dejamos reposar, cubierto por un paño, durante un par de minutos antes de emplatar.

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Marcamos los escalopes de hongo en una sartén con una gota de aceite de oliva al fuego máximo durante un minuto y reservamos. Servimos en un bol –o cuenco– de mesa un par de cucharadas del arroz de hongos y bacalao, espolvoreamos un poco de perejil muy finamente picado, colocamos sobre el conjunto un escalope de hongo confitado y terminamos un suavísimo hilo de aceite de oliva y con unos cristales de sal.

La cremosa pero firme textura del escalope de hongo nos permite atacar el plato de arriba a abajo combinando en la cuchara su sabor y textura con la del arroz meloso de bacalao, el punto de firmeza de éste y el suave frescor del perejil recién picado. Una suculenta combinación de mar y tierra –mar i muntanya– que hemos disfrutado y queremos compartir con todos vosotros. Mis disculpas por las tardanzas y desapariciones involuntarias –y que, lamentablemente, se han de repetir a lo largo de estos meses de mudanzas y otros menesteres– y os dejo como siempre, y de todo corazón, con mis mejores deseos; Bon appétit!

Categorías:Juego de Blogueros 2.0, Pastas, Arroces y Cereales, Pescados y Mariscos

Etiquetado:Arroz, Bacalao, Cocción, Confitados, Hongo Negro, Setas

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de luces y sombras

Publicado el miércoles, 7 octubre, 2015

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Perchè, le gioie del più profondo affetto o dei più lievi aneliti del cuore sono solo l’ombra della luce… {L’ombra della luce, Franco Battiato, 1991} | Resumen fotográfico de una visita a las bodegas de López de Heredia en Haro, La Rioja: todo el brillo de la luz contenido en una sobrecogedora sombra.

O, lo que puede viene a ser lo mismo, un largo mes de pausas, paseos, perros, premios y pitanzas –las luces-. Y como consecuencia de todo ello, una indescriptible galbana –las sombras-. Un retomar las tareas y actividades a cámara lenta, casi frame to frame, como si a través de esta lenta vuelta a la rutina pudiera prolongar los días ya pasados. Y pasados están –¡espabila!-.

Esos días felices y radiantes, llenos de sol y –casi– vacíos de obligaciones. Días en los que pasear y pasearse frente a mar, frente a las montañas y también entre ambos. Días de perros que se van y que vienen, que ladran, piden, juegan, saltan y acompañan. Siempre acompañan.

Días en los que compartir y disfrutar de mesas y sobremesas, saberes y sabores y nuevos caminos de luces y sombras. Días para descubrir, conocer, aprender y apreciar. Días de relajada amistad. Gracias por estos días.

Y, finalmente, días de premios como azucarillos frente al ineludible y amargo retorno. Gracias también. Ya solo falta ponerme en marcha. Sirva esta fotoentrada como punto de partida de la nueva temporada. Gracias por haberme traído hasta aquí.

Categorías:De sobremesa

Etiquetado:Fotografía, Palabras, Vino

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Bacalao a la Vizcaína { o Bizkaina }

Publicado el domingo, 6 septiembre, 2015

Vamos con todo un clásico de la cocina vizcaína –o bizkaina– y vasca por extensión. Una receta tradicional, realmente sencilla de preparación y de un sabor tan intenso como elegante. Ya que se trata de una receta tradicional –está documentada desde hace más de doscientos años–  existen prácticamente tantas versiones de ella como cocineros la practican. Y en todas y cada una de ellas ha de haber tres ingredientes indispensables y que son los que le confieren su auténtico carácter y sabor; el bacalao –obviamente-, la cebolla y el pimiento choricero. ¿Y el tomate?. Veamos.

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Según la mayoría de los expertos cocineros y escritores vizcaínos –perdón, bizkainos-, auténticos conocedores y garantes de la integridad de la receta, la respuesta es clara: jamás de los jamases. Sin embargo, no deja de resultar curioso que cuando esta misma receta –o salsa– se aplica a otros productos –como callos, manitas o caracoles– sí se abogue por la incorporación del tomate. También resulta sorprendente que este mismo ingrediente aparezca en innumerables recetas de grandes escritores y gastrónomos de los últimos siglos. ¿Quién sabe y cuál es la verdadera versión? Para gustos están los colores –y mi opinión sobre el particular, en la lista de ingredientes-.

  • Dos Lomos de Bacalao seco de unos 400 gramos cada uno.
  • Un kilo de Cebolla Blanca –o morada, al gusto-.
  • Ocho Pimientos Choriceros –o unos 130 gramos de pulpa o carne natural y envasada de calidad-.
  • Un trozo de Hueso de Jamón.
  • Una Pimienta Cayena –o Guindilla-.
  • Unos 600 centilitros de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Cuatro dientes de Ajo.
  • Dos Galletas María Fontaneda –o un trozo de pan seco y tostado-.
  • Sal –al gusto y con moderación-.
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Como siempre que trabajamos con bacalao seco y salado, la primera tarea a realizar es su desalado e hidratación. Mi sistema preferido consiste en lavarlo cuidadosamente para eliminar el exceso de sal exterior y mantenerlo en agua, a temperatura ambiente, durante 36 horas con cambio de agua cada 12 horas. Una vez finalizado el proceso lo secamos, envolvemos en un paño y reservamos en frío hasta el momento de su utilización.

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Manos a la obra. Pelamos y cortamos las cebollas en juliana fina y las colocamos en una cazuela amplia junto con unos 200 mililitros de aceite de oliva, el hueso del jamón y la cayena. Acercamos al fuego -fuerte al principio y muy bajo a continuación– y dejamos que se vaya pochando muy despacio, sin que apenas tome color y removiendo de vez en cuando, durante una hora aproximadamente. Mientras tanto limpiamos los pimientos choriceros retirando los rabos y las pepitas e hidratamos hirviéndolos un par de veces y durante unos segundos en abundante agua. Finalmente extraemos la carne con la ayuda de una cuchara y reservamos.

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Una vez bien pochada la cebolla retiramos el hueso e incorporamos la carne de los pimientos, un vaso de su agua de cocción, las dos galletas María –o el pan seco– y dejamos cocer el conjunto unos 15 minutos más. Finalmente, trituramos la mezcla con la batidora, añadimos y comprobamos el punto de sal y levantamos la salsa –volvemos a hervirla para extraer las burbujas de aire producidas al batir– y reservamos.

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Vamos con el bacalao. Calentamos en una olla pequeña el aceite de oliva restante –ha de ser suficiente como para cubrir el bacalao– junto con los dientes de ajo partidos por la mitad. Una vez éstos adquieran un bonito color dorado los retiramos y apartamos el aceite del calor dejando que la temperatura baje hasta unos 65ºC. Cortamos cada lomo en cuatro porciones iguales y las vamos introduciendo en el aceite durante unos 8 ó 10 minutos en función de su grosor. Es fundamental mantener la temperatura del aceite estabilizada a fin de conseguir un perfecto confitado de los tacos de bacalao –es preferible, además de contar con un termómetro fiable, confitar por tandas a fin de que la temperatura no descienda bruscamente-. Una vez estén al punto –las láminas habrán de abrirse hasta el interior sin apenas resistencia– reservamos en una fuente hasta el momento de emplatar.

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Para terminar colocamos los tacos –junto con los líquidos que hayan liberado tras el confitado– en la cazuela donde tenemos la salsa. Damos un ligero hervor –un par de minutos es suficiente– para mezclar los sabores y aromas y la receta está lista para ser degustada. Podemos optar por presentar la cazuela en la mesa y servir directamente de ella o emplatar raciones individuales. En este caso colocamos un par de cucharadas de salsa en el base del plato y, sobre ella, depositamos un taco de bacalao. Terminamos con uno de los medios dientes de ajo y acompañamos –en este caso– con unas chips de yuca y orégano. La receta está lista para ser degustada y disfrutada. El armonioso maridaje entre la acidez seca y profunda de los pimientos, el dulzor sedoso de la cebolla y el punto salino y fibroso del bacalao hacen de esta receta un verdadero deleite difícilmente descriptible e inigualable. Que ustedes lo disfruten y, como siempre… Bon appétit!

Categorías:Pescados y Mariscos, Segundos platos

Etiquetado:Bacalao, Cebolla, Guisos, Jamón, Pimiento

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Ñoquis de Patata «a feira e o loito» con su Carpaccio de Pulpo y Wasabi

Publicado el lunes, 31 agosto, 2015

Hagan Juego.

Esta receta es mi aportación a la Edición de Agosto 2015 del Juego de Blogueros 2.0, que tan simpática y eficientemente dirige nuestra amiga Mònica desde su Blog Dulcedelimón y que os invito a conocer y disfrutar.

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Podéis deleitaros con el resto de recetas de esta edición del juego dedicada a la patata en los blogs que escriben nuestras amigas y amigos:

  • Carlota de Art i Cuina
  • Fran de ¡Cocinar y a comer!
  • Carmen de Croqueteandoo y mas
  • Mònica de Dulcedelimón
  • Inma de Entre 3 fogones
  • Bela de Fácil con Bela
  • Josu de Gordonauta
  • Silvia de Kuinetes
  • Diego de La mejor manera de hacer…
  • Leila de La Nueva Cocina de Leila
  • Ligia de Los Dulces de Ligia
  • Ester de Los Mundos de Piru
  • Noelia de Noestevez’blog
  • Maribel de Picoteando ideas
  • Neus de Rorosacabolas
  • Susanna de Trumpi
  • Silvia de Unapizcadena

Todos a la vez: Pa – ta – ta!

Una vez votamos y acordamos que la patata iba a ser nuestro producto para el reto de este mes, la elección del modo de elaboración me resultó casi instantánea; ñoquis –gnocchi– de patata. Los motivos son claros; una relativa sencillez de elaboración, una aceptación generalizada –universal podríamos decir– y la elegancia capaz de convertir a unas sencillas bolitas de masa en el elemento diferenciador de cualquier plato.

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Al mismo tiempo, y ya que la patata –nuestro producto– aporta una esencia rústica, básica y tradicional, me atrajo la idea de potenciar esa pretendida sencillez a través de un juego de confusiones; una patata hervida y un trozo de carne, pescado o embutido –por ejemplo– como punto de partida hacia algo muy distinto y alejado de su imagen de simplicidad. Y que, al mismo tiempo, pudiera ser un homenaje al producto -o el binomio– que históricamente ha paliado no poca hambre en estas y otras tierras.

La conexión Italo-Galaica.

A partir de este punto se comenzaron a enlazar una serie de interrrelaciones entre los ingredientes, sus historias y sus geografías que nos va a llevar desde las estribaciones alpinas italianas hasta el Finis Terræ –el fin del mundo– gallego, y desde sus connotaciones cromáticas hasta las tradiciones, la filosofía y también la literatura.

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No deja de resultar curioso que rebuscando mentalmente en el recetario tradicional productos para acompañar a los ñoquis siempre terminara pensando –tras una dubitativa parada en las patatas a la riojana– en el pulpo a feira, con sus patatas, aceite y pimentón. No es necesario recurrir a ningún psiquiatra en busca de complejas explicaciones; sencillamente me encanta esta combinación –como, por ejemplo, podéis ver en esta otra receta-. Ñoquis, pulpo, aromas tradicionales… puede ser un buen punto.

Y si…

Y si en lugar de limitarnos a cocer el pulpo lo convertimos en una pieza cilíndrica compacta que luego podamos filetear finamente a modo de carpaccio?.

Y si, por otra parte, teñimos y aromatizamos los gnocchi con pimentón y un poco de aceite de oliva acercándonos y recuperando algo de la esencia «a feria»?. Y ya puestos, si teñimos otra parte de los gnocchi con tinta, a fin de obtener, además de un homenaje al pulpo y a las profundidades marinas, una vistosa combinación cromática a base de rojos y negros para nuestro ingrediente principal?.

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A partir de estos dos colores –además del blanco del pulpo– podemos recrear y desarrollar una envolvente historia en la que el rojo simboliza la fiesta, la pasión y la vida –a feira– y el negro el duelo, la oscuridad y la muerte –o loito-. El eros y el thanatos o, tal vez, una reminiscencia Sthendaliana en dos bocados de patata, en dos colores. Podría ser; a veces lo más simple puede resultar complejo y, lo más complejo, extraordinariamente simple.

Hemos terminado –casi– de cerrar el círculo y el título de la receta. Se acerca la hora de pasar a la cocina, así que lo más sensato será dejar los devaneos culturales para la sobremesa y, mientras tanto, ir recopilando los ingredientes que vamos a necesitar para preparar la receta.

 

Para el Carpaccio de Pulpo:

  • Un Pulpo de aproximadamente un kilo –los hay ya congelados en agua de mar y de muy buena calidad-.
  • Una Cebolla blanca.
  • Dos ramitas de Apio.
  • Un Puerro –solo utilizaremos la parte blanca-.
  • Una cucharadita de Mezcla de Pimientas y Bayas recién molidas –pimientas negra, blanca, Jamaica, rosa y coriandro-.
  • Cuatro hojas de Laurel.
  • Cuatro bayas de Enebro.
  • Unas ramas de Perejil fresco.
  • Sal marina.

Para los Ñoquis Rojos y Negros:

  • 600 gramos de Patata –tipo Bintje, cuanta más fécula, mejor-.
  • Unos 100 ó 120 gramos de Harina –en función de la fécula de la patata-. Y algo más para la superficie de trabajo y secado de los ñoquis
  • Un par de Tintas de Chipirón –o una cucharadita de tinta artificial-.
  • Sal –al gusto-.

Para el emplatado:

  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Un puñado de brotes tiernos de Rúcula –u otras hojas verdes y amargas-.
  • Una cucharadita de Pimentón de la Vera –dulce o agridulce-.
  • Una cucharadita de Wasabi en polvo –opcional y al gusto-.
  • Escamas de Sal de Añana –sal de roca-.

El Pulpo.

Comenzaremos por preparar el pulpo. Como en otras ocasiones he partido de un pulpo congelado en fresco y en agua de mar –no son difíciles de encontrar-. De este modo, al estar congelado, las fibras más duras se han roto y, aunque conserva su característica textura tensa, no resulta fibrosa. Descongelamos y reservamos el agua y líquidos para cocerlo, añadiendo agua salada y suficiente para cubrirlo completamente dentro de una olla amplia –la proporción de sal a añadir en el agua es de unos 20 gramos por litro-.

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Limpiamos y cortamos por la mitad la cebolla, las ramas de apio, el blanco del puerro e incorporamos todo ello junto con las pimientas, enebro y laurel al agua. Cuando rompa a hervir incorporamos un corcho de vino –es parte de la tradición y, teóricamente, sirve para ablandar la carne-. Introducimos el pulpo y lo asustamos –es decir sumergimos y sacamos rápidamente– tres veces a fin de que la piel quede bien adherida a la carne. Lo cocemos durante unos 35 minutos –para un kilo– y comprobamos que esté bien al punto antes de retirarlo del fuego.

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Mientras tanto, tomamos una botella de plástico –de agua, por ejemplo-, la cortamos por la mitad y agujereamos la base con la ayuda de un cuchillo. Una vez el pulpo esté en su punto lo escurrimos, troceamos en piezas grandes y comenzamos a introducirlas en el interior de la botella alternando el pulpo con hojas de perejil picado y granos de pimienta –opcional-. Una vez dispuesto todo el pulpo, apretamos bien todo el contenido ayudándonos con un vaso que mantendremos firmemente sobre la mezcla -las gomas elásticas son ideales para mantener la presión constante-.

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Colocamos un bol bajo la botella y refrigeramos durante al menos 24 horas. El pulpo se compactará y gelificará quedando, una vez extraído del molde-botella, listo para ser cortado en láminas redondas de carpaccio.

Las Patatas.

Comenzamos por lavar y cocer en abundante agua salada las patatas durante unos 30 minutos aproximadamente –dependiendo del tamaño de las mismas– hasta que resulten bien tiernas en su centro. A continuación las pelamos y pasamos por el pasapuré o por un colador fino –ayudándonos con una cuchara-. De este modo obtendremos un puré fino que dejaremos atemperar antes de comenzar a dar forma a los gnocchi.

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Una vez enfriado el puré de patatas incorporamos la harina hasta obtener una masa manejable –habrá que añadir más o menos harina en función de la cantidad de fécula de las patatas-. Salamos suavemente y formamos una bola que cortaremos en dos partes iguales.

Moldeamos la primera de las mitades sobre una superficie enharinada en forma de rollos o tubos de unos 3 centímetros de diámetro que cortamos en pedacitos de otros 3 centímetros. A continuación hacemos rodar suavemente sobre un tenedor o un rallador estos trocitos de pasta de tal modo que se enrollen sobre sí mismo y su parte exterior quede decorada con los dientes del tenedor o los orificios del rallador mientras que el interior quede hueco. Este proceso ha de realizarse con delicadeza para que el resultado sea todo lo esponjoso posible.

Una vez formados los ñoquis los depositamos sobre una bandeja enharinada y los dejamos reposar –y secar– durante una media hora.

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Mezclamos la otra mitad de la masa con las tintas de calamar –nos hará falta incorporar algo más de harina– y repetimos todo el proceso depositando finalmente los ñoquis negros en la bandeja de secado junto a los anteriores. Terminamos espolvoreando algo más de harina y reservamos hasta la hora de servir.

Para finalizar los preparativos mezclamos en el vaso de la batidora un puñadito de brotes tiernos de rúcula –o de las hojas amargas que hallamos seleccionado– con un par de cucharadas de aceite de oliva y una pizca de sal y trituramos hasta obtener una mezcla ligeramente espesa y homogénea. Mezclamos, también, el pimentón con otra cucharada de aceite de oliva y reservamos. Por ultimo mezclamos –opcionalmente– un par de cucharadas de polvo de wasabi –rábano picante japonés– con una cucharadita de agua tibia, mezclamos y cuando tenga la textura adecuada –de pasta– reservamos.

Acabado & Presentación.

Acercamos una olla con abundante agua salada al fuego fuerte y, cuando comience a hervir, cocemos los gnocchi con cuidado y en breves tandas durante unos 2 ó 3 minutos –hasta que suban a la superficie-. Los retiramos con la ayuda de una espumadera y los reservamos en dos boles –uno para los blancos y otro para los negros– con un poco de aceite de oliva a fin de que se mantengan sueltos.

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Cortamos un par de lonchas de pulpo todo lo finas que sea posible –es preferible hacerlo con el pulpo bien frío y, a ser posible, con una cortadora-, las depositamos en cada plato espolvoreando unas escamas de sal sobre ellas y colocando encima una pequeña quenelle de wasabi frío. Rodeamos las lonchas con ñoquis blancos y negros alternos pintando los primeros con un poco del aceite al pimentón. Terminamos pintando unas gotas de aceite de rúcula al rededor del plato.

El plato está listo para ser servido. En él encontraremos sabores tradicionales que nos rememorarán al clásico Pulpo a feria –pulpo, patata, aceite y pimentón– tratados y presentados de una forma distinta –gnocchi y carpaccio– pero sin perder su esencia y acompañados de sabores que imprimen un fuerte –y exótico– acento al plato; el picor intenso y nasal del wasabi y el amargor seco de la rúcula.

Y ya solo me resta concluir diciendo que he disfrutado trabajando tanto en la idea, como en la elaboración y degustación de esta receta, fruto de un reto apasionante de investigación, innovación y cata y del que, estoy convencido, todos sacaremos buenas y sabrosas lecciones. Esto es el Juego de Blogueros 2.0. Espero que ustedes también lo disfruten. Por mi parte ya solo me resta desearles todo lo mejor y, como siempre… Bon appétit!

 

Categorías:Juego de Blogueros 2.0, Pescados y Mariscos, Primeros platos

Etiquetado:Apio, Cebolla, Cocción, Especias, Harina, Patatas, Pulpo

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de aprendizajes { y maestrías }

Publicado el lunes, 24 agosto, 2015

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Canelón vivo | Escamas de hielo, licor y zanahoria | Coco-calamar | Lascas de merluza y huevas de besugo | Miguel Ángel & Angels & Dani & Josune & Eli & Antxon | Hojaldre glaseado de cordero | Pescado de lonja y amaranto | Raya asada y empapada | Helado de yogur, moras y aceite de romero | Mi breve selección cromática de un menú de 22 sorpresas en Mugaritz: si la cocina, al igual que ocurre con la música, se diferencia del resto de las artes en que su impulso pasa a formar parte no solo de nuestras emociones, sino de nuestro cuerpo físico, este es el lugar para dejarse poseer.

Es lo que tiene haber sido un mal estudiante; te pasas el resto de la vida aprendiendo e intentado averiguar hasta dónde habrías sido capaz de llegar si, por una vez, hubieras hecho caso de algunos buenos consejos vertidos en un mal momento. O, tal vez, esto no sea más que una excusa, una vía alternativa, para justificar una irrefrenable ansía de saber más y más sobre aquello que es capaz de emocionar y sacudir unas aletargadas y desentrenadas neuronas. Mal estudiante, buen aprendiz.

Esta reflexión viene al hilo de otra ya planteada hace unas semanas, en la celebración del segundo aniversario de Muslo y Pechuga; este ha sido un año de aprendizaje. O, para ser más exactos, mi primer año de aprendizaje planteado y desarrollado formalmente. No impuesto, no regulado, no mensurable pero, al fin y a la postre, tan positivo como satisfactorio.

Para ello he tenido la inmensa fortuna de contar con los mejores maestros: quienes me rodean –seamos sinceros, no todo sale bien a la primera– con su extraordinaria paciencia. También de unos cuantos buenos libros leídos, disfrutados, entendidos y asimilados –o eso quiero creer-. Pero también y, por qué negarlo, de ciertos programas de televisión. El cole; es decir el Basque Culinary Center, donde he disfrutado y aprendido de verdad, en un entorno profesional y rodeado de maestros y maestrillos, que de todos se aprende algo. De algunas visitas realizadas –cercanas unas, más lejanas otras, tanto física como emocionalmente– para ver, probar, reflexionar y degustar las extraordinarias y sorprendentes propuestas e interpretaciones. Y, sobre todo, de buenos amigos con los que conversar, comparar experiencias, reír unas veces y disfrutar del silencio otras. Y de los que aprender, ¡queda tanto por aprender!

Echando la vista atrás –es una buena fecha para hacerlo, ahora que solo faltan unos días para mi cumpleaños– creo que los resultados son visibles. Y, lo que es más importante, estoy plenamente convencido que este cambio –evolución– no ha hecho más que empezar; habrá cambios en este pequeño blog –necesarios unos, eludibles otros– pero el espíritu de aprendizaje permanecerá. Gracias maestros!

Categorías:De sobremesa, Foodie Photo

Etiquetado:Fotografía, Palabras, Restaurantes

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Bocaditos de Pimiento, Anchoa y Ajo Negro con Crema de Queso de Idiazabal

Publicado el martes, 18 agosto, 2015

Vamos muy rápidamente con una entrada un tanto diferente y que funciona a la perfección como aperitivo, pintxo o ensalada festiva, fresca, intensa y sabrosa.

Pero antes de entrar en materia un par de apuntes sobre la receta. La primera de ellas es que la idea se basa en un pintxo clásico de uno de los grandes bares de San Sebastián –y del que ya sabéis soy súper fan-; el Bar Bergara –aquí tenéis el enlace a su web y aquí mi breve comentario-.

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El segundo aspecto a señalar es que si bien en su versión original la receta se elabora con pimientos del Piquillo, yo he probado a prepararla con otros tipos diferentes –como los de Torquemada, Palencia, en este caso– y la receta sigue funcionando a la perfección con la variante de sabor-dulzor-intensidad-ahumado particular que aporta cada tipo de pimiento –chile o ají-.

Estos son los ingredientes que vamos a utilizar para su elaboración:

  • Un bote de unos 300g. de Pimientos rojos asados de calidad –Piquillos, Torquemada, etc.-.
  • Unos 50 g de Anchoas en Aceite de Oliva –también de calidad-.
  • Dos dientes de Ajo Negro.
  • Media cucharadita de Jarabe Balsámico –o de reducción de Aceto Balámico-.
  • 50 gramos de Queso de Idiazabal –sin ahumar y semicurado-.
  • 100 gramos de Nata –35% materia grasa-.
  • Dos rodajas de Pan tradicional o semillas.
  • Unas ramitas de Perejil fresco.
  • Una pizca de Pimiento de Espelette en polvo –Piment d’Espelette-.
  • Un par de cucharadas de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Un par de cucharaditas de Azúcar Moreno.
  • Sal y Pimienta al gusto.
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Comenzaremos por preparar la crema de queso de Idiazabal. Trocemos finamente el queso y lo batimos con unos 75 gramos de nata hasta obtener una mezcla homogénea. Pasamos esta mezcla a un cazuela, incorporamos el resto de la nata y una pizca de Pimiento de Espeltte –opcional–  y hervimos durante unos segundo sin dejar de remover hasta que la textura sea totalmente uniforme y sin ningún tipo de grumos. Pasamos esta crema a un bol y reservamos al frío hasta el momento de emplatar –ha de volver a solidificarse-.

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Continuamos por el secado de los pimientos –me gusta retirar la humedad de la salmuera del envasado, sobre todo si son carnosos, pero también se pueden preparar sin necesidad de dar este paso-. Colocamos los pimientos en una fuente de horno, salpimentamos suavemente, espolvoreamos un par de cucharaditas de azúcar moreno, regamos con parte de su salmuera de conserva y horneamos a unos 160ºC durante unos 30 ó 4o minutos -en función de la cantidad de carne del pimiento y su anterior punto de asado-. Retiramos de la fuente, escurrimos y reservamos.

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Pasamos los pimientos, las anchoas, los dos dientes de ajo negro y las hojas de perejil –desechamos ramas y tallos– a una tabla de corte y comenzamos a picar todos los ingredientes hasta obtener una picada media, no pastosa y uniforme. Dejamos reposar durante unos minutos en un colador para extraer los restos de agua y aceite, incorporamos el jarabe balsámico, volvemos a remover y nos disponemos a presentar.

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Podemos presentar en forma de ensalada, en un bol o plato hondo común, acompañada por tiras de pan tostado ligeramente engrasadas con aceite de oliva –o mantequilla– y la crema de queso de Idiazabal y que cada comensal aliñará a su gusto o bien en forma de bocados o pequeñas porciones individuales –pintxos al fin y al cabo-.

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Para este segundo caso cortamos el pan –sin corteza– en pequeños cuadrados de unos 3 centímetros de lado y lo tostamos ligeramente. Colocamos sobre cada uno una cucharadita de la ensalada y rematamos con una punta de crema de Idiazabal. Podemos acompañar el plato con una quenelle de queso para quien prefiera intensificar su sabor y aroma. Y esto es todo, ya solo falta descorchar una refrescante botella de rosado –navarro, por supuesto– y disfrutar de esta intensa, salina y refrescante ensalada de pimientos y anchoas con aroma de ajo negro y queso de Idiazabal. Que ustedes lo disfruten y, como siempre… bon appétit!

Categorías:Hortalizas, Legumbres y Verduras, Pintxos y Entradas, Primeros platos

Etiquetado:Ajo negro, Anchoas, Asados, Nata, Perejil, Pimiento, Queso de Idiazabal

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Pastel frío de Pollo { al estilo de Inma }

Publicado el lunes, 10 agosto, 2015

Esta sencilla y riquísima receta es una delicia con la que nos sorprendió, ya hace unos meses, nuestra buena amiga Inma desde su genial blog Entre 3 Fogones. Si no conocéis a la autora y su espacio solo os diré que creo haber conocido pocas personas con tantas ganas de aprender y tanta -y tan contagiosa– alegría a la hora de hacerlo, probarlo y volver para contárnoslo. Su capacidad como cocinera solo es equiparable a su simpatía, amabilidad y paciencia y, en todo esto, es infinita. Gracias Inma!.

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Y ¿por qué repetir una receta? Voy a apuntar tres razones; la primera es el agradecimiento y reconocimiento a su autora. Se lo merece, al menos tanto, como merece ser conocida esta receta. La segunda es el éxito que ha disfrutado todas y cada una de las veces y con todos y cada uno de los comensales que han tenido la ocasión de probarla: es una cena o entrante frío simplemente perfecto para esta época del año. Y, por último, es el modo ideal de, además de comentar mis pequeñas variaciones sobre el original –pocas-, de poder disponer de la receta siempre a mano –uno de los motivos básicos de este pequeño espacio-. Vamos con los ingredientes:

  • Una Pechuga de Pollo de corral.
  • Tres Tomates medianos bien maduros.
  • Unas nueve Rebanadas de Pan de Molde sin corteza –de cereales, a ser posible y en función del tamaño del molde-.
  • Una docena de lonchas de Panceta Adobada –cortadas finas-.
  • Unos 100 gramos de Mezcla de Vegetales –50 gramos de Rúcula y otros tantos de Canónigos en este caso-.
  • Dos Huevos frescos.
  • Una pizca de Tomillo.
  • Una pizca de Orégano –opcionalmente para el tomate asado-.
  • Una pizca de Piment d’Espelette molido –al gusto o sustituir por Pimientón picante-.
  • Un par de cucharadas de Salsa de Soja.
  • Sal y Pimienta al gusto.
  • Unas gotas de Tomate Kétchup –opcional para decorar-.
  • Unas hojas de Perejil –opcional para decorar-.

Para la Mahonesa de Verano:

  • 75 mililitros de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • 200 mililitros de Aceite de Girasol –la proporción de los aceites la podéis variar al gusto para que el sabor final sea más o menos intenso-.
  • Un Huevo fresco –XL-.
  • Una pizca de Sal.
  • Una cucharadita de Vinagre de Manzana.
  • Una cucharadita de Mostaza de Dijon.
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Lo primero que hemos de hacer es poner a marinar los filetes de pechuga con la salsa de soja, el tomillo, el pimiento picante, un poco de sal y pimienta y aceite de oliva en una fuente de horno. Precalentamos el horno a unos 160ºC y, una vez alcance la temperatura introducimos el pollo durante unos 15 minutos.

Mientras tanto preparamos la mahonesa colocando en el vaso de la batidora el huevo, una pizca de sal, el vinagre y la mostaza –opcionalmente-. Incorporamos el aceite de oliva y comenzamos a batir a máxima potencia al mismo tiempo que añadimos –poco a poco– el resto del aceite en un hilo muy fino. Una vez la mahonesa alcance una textura firme la reservamos al frío.

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Envolvemos las lonchas de panceta con papel sulfurizado, aplastamos un poco con la ayuda de un rodillo para estirar bien y extraer el aire e introducimos el «paquete» en el fondo del horno durante una media hora –puede hacerse junto con las pechugas-. Una vez transcurrido el tiempo retiramos del horno, depositamos las lonchas crujientes sobre papel absorbente y dejamos enfriar. El resultado ha de ser unas finas lonchas de panceta crujiente que reservaremos hasta el momento de montar el pastel.

Para acabar con los preparativos llevamos a ebullición un cazo con agua salada y en ella cocemos durante unos 8 ó 10 minutos los dos huevos restantes. Una vez cocidos los pasamos por agua fría, pelamos, cortamos en rodajas –reservando dos o tres para la decoración-, picamos el resto y reservamos.

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Tomamos un bol y juntamos los vegetales –rúcula y canónigos en este caso– troceados a mano con la pechuga troceada en daditos, los dos huevos duros –también troceados-, los jugos resultantes de asar el pollo –fundamental– y un par de buenas cucharadas de la mahonesa. Mezclamos bien con la ayuda de una cuchara y nos preparamos a montar el pastel.

Una de mis variantes consiste en utilizar lonchas gruesas de tomate asado. Para ello cortamos los tomates en ruedas de unos dos centímetros, los engrasamos con un poco de aceite de oliva, salpimentamos y finalmente espolvoreamos un poco de azúcar y una pizca de orégano. Horneamos a media temperatura durante unos 20 minutos y reservamos hasta la hora del montaje. Esta versión añade algo más de profundidad de sabor al pastel que, por otra parte, pierde un poco de frescor. Para gustos están los colores.

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Para montar el pastel necesitamos un molde para cakes que forraremos con papel film a fin de facilitar el desmontaje. Colocamos en el fondo unas lonchas de pan de molde –cortándolas al tamaño adecuado– y, sobre ellas depositamos el tomate cortado en lonchas –crudas o asadas-. Esparcimos sobre éstas  la mitad de la mezcla de pollo, verduras, huevos y mahonesa distribuyéndola uniformemente. Terminamos esta primera capa con unas lonchas de panceta crujiente. Repetimos la operación; pan, tomate, mezcla, panceta y, para finalizar, una última capa de pan.

Cubrimos el pastel con el film restante, colocamos sobre él un peso –un  par de tetra-bricks, por ejemplo– y guardamos en la nevera hasta el momento de degustar.

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A la hora de servir, desmoldamos sobre una fuente de presentación y cubrimos la parte superior del pastel con una fina capa de la mahonesa restante. Disponemos sobre ella las rodajas de huevo duro reservadas y terminamos decorando con unas gotitas de tomate Kétchup y espolvoreando unas hojitas de perejil. El pastel está fresco y listo para ser degustado acompañado, por ejemplo, de una ensalada verde y un vino ligero o cerveza bien fría. Espero que ustedes lo disfruten tanto como nosotros y, como siempre… bon appétit!

 

Categorías:Carnes, Pintxos y Entradas, Primeros platos

Etiquetado:Asados, Especias, Mahonesa, Pan, Panceta, Pollo, Tomate

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Ensalada de Melón con Jamón y Pasta { y otras cosas ricas }

Publicado el miércoles, 5 agosto, 2015

Tras las extensas –y agotadoras– entradas precedentes dedicadas al Segundo aniversario de Muslo y Pechuga y a la fantástica edición de Julio del Juego de Blogueros hoy os quiero proponer algo tan ligero como refrescante y breve –por fin!-.

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Para ello vamos recuperar y modificar algo tan veraniego –y tan nuestro, aunque sobre esto podríamos hablar largo y tendido con nuestros vecinos transalpinos– como es la clásica entrada a base de melón y jamón. ¿Hay algo más apetitoso para comenzar una comida ligera en estos día de calor que esta deliciosa combinación de dulce y salado o seco y jugoso al mismo tiempo? Sinceramente, creo que no.

Para esta receta vamos a combinar ambos ingredientes principales con otros igualmente refrescantes hasta conseguir una fabulosa ensalada que puede servirnos perfectamente tanto como entrante como de plato único y ligero. Estos son los ingredientes:

  • 250 gramos de Farfalle –lacitos o mariposas-.
  • Medio Melón Galia – medio kilo ya limpio y troceado aproximadamente-.
  • Media docena de Tomates Cherry.
  • Una bola de Mozzarella –unos 125 gramos-.
  • Cuatro lonchas de Jamón curado –de bodega o ibérico, en función de vuestras preferencias-.
  • Una docena de Olivas Negras –deshuesadas-.
  • Una docena de hojas de Albahaca fresca.
  • El zumo de un Limón.
  • Media cucharadita de Mostaza de Dijon –opcional-.
  • Media docena de cucharadas de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Sal y Pimienta al gusto.
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El proceso, como podéis imaginar, es sencillo a más no poder. Lo primero que hemos de hacer es cocer las pastas en agua ligeramente salada durante un minuto menos de lo que indique el fabricante –para que queden bien «al dente»-. Una vez transcurrido el tiempo las escurrimos y enfriamos con agua para cortar la cocción y que no se peguen. Las volvemos a escurrir y reservamos en un bol amplio –o ensaladera-.

Mientras tanto partimos el melón en dos, retiramos las semillas y la corteza y lo troceamos en cubitos -o en bolas, con la ayuda de un sacabolas o una cuchara parisina si queréis darle esta forma-. Partimos en trocitos de tamaño similar la mozzarella, los tomates por la mitad –en tres si son un poco grandes-, el jamón en tiras finas –reservamos un loncha para decorar– y, finalmente, las aceitunas en láminas. Lógicamente, es importante que todos los trozos tengan un tamaño similar.

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Mezclamos en un bol pequeño el aceite de oliva con el zumo del limón y la mostaza –opcionalmente-. Añadimos la mitad de las hojas de albahaca picadas –el resto servirán para decorar– , salpimentamos al gusto, comprobamos el punto del aliño y reservamos.

Terminamos incorporando el melón, la mozzarella, los tomates, las aceitunas, las tiras de jamón y la vinagreta al bol de la pasta fría. Mezclamos con cuidado y, si vamos a presentar el bol, añadimos el resto del jamón y hojas de albahaca. Si queremos preparar raciones individuales llenamos un aro con la ensalada y decoramos con un trozo de jamón, una hoja de albahaca y un hilo de vinagreta.

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Servimos en fresco –que no frío-, acompañamos con un vino rosado –este sí que ha de estar bien frío– y a disfrutar de esta revisión de todo un clásico de nuestra cocina de verano. La perfecta combinación entre la dulzura del melón –si conseguís un buen y maduro Cantaloupe me lo agradeceréis el resto vuestras vidas– con la salinidad del jamón curado y el punto de acidez de la vinagreta de limón es sencillamente memorable. Nada más que decir. Que ustedes lo disfruten y, como siempre… bon appétit!

Categorías:Pastas, Arroces y Cereales, Pintxos y Entradas, Primeros platos

Etiquetado:Aceitunas, Jamón, Melón, Mostaza, Mozzarella, Pasta, Tomate

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Pisto frío de Calabacín, Chipirones y Zizahoris y su gominola de Consomé al Jerez

Publicado el viernes, 31 julio, 2015

Hagan Juego.

Esta receta es mi aportación a la edición de Julio 2015 del Juego de Blogueros 2.0 –este mes dedicado al Calabacín– que tan simpática y eficientemente dirige Mònica desde su Blog Dulcedelimón y que, personalmente, os invito a conocer y disfrutar.

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Podéis deleitaros con el resto de recetas de esta edición dedicada al calabacín en los blogs que escriben nuestras amigas y amigos:

  • Rosemary de Alacartemenus
  • Fran de ¡Cocinar y a comer!
  • Carmen de Croqueteandoo y mas
  • Mònica de Dulcedelimón
  • Rebeca de Enganchados a la cocina
  • Inma de Entre 3 fogones
  • Ana de Entre obleas y a lo loco
  • Bela de Fácil con Bela
  • Josu de Gordonauta
  • Silvia de Kuinetes
  • Leila de La Nueva Cocina de Leila
  • Ligia de Los Dulces de Ligia
  • Ester de Los Mundos de Piru
  • Noelia de Noestevez’blog
  • Maribel de Picoteando ideas
  • Xavi de Que me gusta un comer
  • Sara de Recetas and Co.
  • Neus de Rorosacabolas
  • Susanna de Trumpi
  • Silvia de Unapizcadena

Comencemos por el final.

Una vez dada buena cuenta de la receta, divagábamos tranquilamente –fantástica copa de Ossian en mano– sobre cuál debería ser su nombre definitivo. Creo recordar que la primera propuesta «seria» –el resto ni las menciono– fue llamarlo «tartar», por aquello del corte y mezcla de los ingredientes. Rápidamente entraron en juego términos como «pastel», «tartaleta», «ensalada» hasta que alguien propuso lo más evidente; «no os parece que esto, en realidad, es una especie de pisto, un poco raro y frío, pero un pisto al fin y al cabo?» –pausa valorativa-. De hecho, originariamente, antes de la llegada de tomates y pimientos de las Américas, el pisto se elaboraba con carnes de ave cocidas y desmigadas… «Lo que es esto, es un pisto de cosas ricas» sentenció finalmente mi paciente señora con su característica templanza. Copas arriba y brindis por el nombre perfecto; ha nacido el Pisto de cosas ricas.

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Obviamente no se trata de un pisto convencional; lleva calabacín y zanahoria, pero también zizahoris -rebozuelos o cantharellus-, chipirón, panceta y salsa de yogur. No sé si el nombre es –finalmente– el más adecuado, pero creo que describe bastante bien el tipo de plato que es.

Y ahora, rebobinemos.

Hablábamos en el grupo de Facebook –donde se organizan, votan y comentan los retos mensuales– que, tal vez, lo más curioso del calabacín es que estamos tan acostumbrados a verlos y prepararlos de una serie de formas habituales y comunes que, alejarnos de ellas, es bastante más complicado de lo que en un principio puede parecer. Además, y no nos engañemos, los calabacines son deliciosos, pero terriblemente sosos. Por lo tanto, uno de los retos de esta receta –tal vez el mayor-ha sido buscar ingredientes que combinen sin estridencia –con suavidad– y sin ocultar su suavidad herbácea.

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La primera elección fue clara; unas zanahorias que aportaran un punto de dulzor y color. También un poco de la profundidad húmeda de las setas de temporada –zizahoris– y un leve pero intenso aroma –graso y crujiente– de unos daditos de panceta. Pinta bien, pero sigue faltando algo de sabor y consistencia en este punto de partida.

La siguiente idea llegó dándole vueltas a otra receta de temporada; si podemos rellenar los chipirones –que ahora están en su mejor momento– con todos estos productos, también podríamos incluir el chipirón troceado en el pisto para que aporten su textura tersa y su aroma ligeramente ahumado y salino. Dicho y hecho. Ya solo nos falta un ligero toque de locura.

El tiempo de las Gominolas.

Hace un tiempo que quería realizar esta prueba; servir un caldo en frío –algunos quizá recordéis mi Caldo templado de Espárragos– y que, además, tuviera una textura prácticamente sólida. La idea me viene de observar cómo los buenos caldos de ave o cocido adquieren –en frío– una textura gelatinosa y brillante simplemente espectacular. Por otra parte, hace unos meses nos sorprendieron en Mugaritz –ya sabéis, súperfan confeso– con un inteligente divertimento previo a los platos de carne; una originalísima –sorprendente, sabrosa, divertida– gominola de vaca.

Y ¿por qué no?. Podemos combinar el origen «de corral» del pisto, en forma de gelatina o gominola, con otras delicias de temporada –verduras, pescados, setas-. Eso es!.

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Además, vamos a preparar el consomé base de un modo muy rápido y sencillo, partiendo de uno envasado de calidad, y aromatizándolo con carnes, verduras y un poco de vino de Jerez. Al mismo tiempo, dejararemos que la gominola adopte la forma natural del líquido en un plato y, así, la sorpresa se mantendrá hasta el momento de intentar probarlo con una cuchara. Divertido. Manos a la obra.

Los ingredientes:

Para la Gominola de Consomé:

  • Un litro de Caldo de Pollo –un tetra-brick envasado de calidad-.
  • Dos Zanahorias medianas.
  • Una Cebolla fresca mediana.
  • Una rama de Apio –opcional-.
  • Unas ramas de Perejil fresco.
  • Una Pechuga de Pollo –de corral-.
  • Una cuchara de Taquitos de Jamón.
  • Una cucharadita de Mezcla de Pimentas.
  • Un vaso de Vino de Jerez –unos 100 mililitros-.
  • Una cuchara de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Dos gramos de Agar-agar.

Para el Pisto frío:

  • Dos Calabacines mediano –o tres pequeños-.
  • Un Chipirón fresco –unos 150 ó 200 gramos-.
  • Tres Zanahorias medianas.
  • Media loncha gruesa de Panceta Ibérica.
  • Unos 100 gramos de Zizahoris –Rebozuelos o Cantharellus-.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Sal y Pimienta al gusto.

Para la Salsa de Yogur:

  • Un Yogur Griego.
  • Una cucharadita de Mostaza de Dijon.
  • Media docena de cucharadas de Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Unas gotitas de zumo Lima verde recién exprimido –al gusto-.
  • Sal y Pimienta al gusto.

Opcionalmente para emplatar:

  • Unos Brotes de Rábanos frescos.
  • Flores comestibles de temporada.
  • Aceite de Sésamo.

La receta.

Comenzaremos por preparar el consomé y su gominola. Para ello calentamos en una cazuela amplia el caldo envasado junto con la pechuga picada finamente, los taquitos de jamón, las verduras limpias y troceadas –zanahoria, cebolla, apio y perejil-, la mezcla de pimientas, la cucharada de aceite y el vasito de Jerez.

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Una vez comience a hervir, bajamos el fuego, espumamos para retirar la impurezas y dejamos cocer una media hora.

Transcurrido este tiempo colamos y filtramos cuidadosamente –con una estameña– y volvemos a hervir hasta que se reduzca a una quinta parte –deben quedar unos 200 mililitros aproximadamente-. Volvemos a filtrar e incorporamos el agar-agar –gelatina vegetal obtenida de algas marinas– a razón de 1 gramo por cada 100 mililitros –la proporción es la adecuada para obtener una textura similar a la de una gominola; ni muy blanda ni muy dura-. Volvemos a hervir durante unos segundos a fin de que el gelificante se disuelva perfectamente y vertemos rápidamente el contenido en el fondo de cuatro platos hondos. De este modo, una vez enfriado, mantendrá la forma del consomé servido en un plato.

Finalmente dejamos enfriar a temperatura ambiente y reservamos.

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Preparamos la salsa de yogur simplemente juntando sus ingredientes en un bol amplio y batiendo hasta obtener una mezcla homogénea. Comprobamos el punto de sal –ha de resultar cremosa y levemente ácida– y reservamos al frío hasta el momento de emplatar.

A partir de este punto vamos a saltear el resto de ingredientes que formarán el pisto. Por ello es muy importante que los tamaños de todos los ingredientes sean uniformes y las cocciones rápidas y fuertes.

Comenzaremos por lavar, pelar y cortar las zanahorias en bastones. Las introducimos en agua hirviendo ligeramente salada y las dejamos cocer unos cinco minutos. Una vez transcurrido el tiempo, las enfriamos en agua con hielo y, finalmente, cortamos los bastones en cubitos de tamaño algo mayor que para una macedonia –unos 7 x 7 x 7 milímetros-. Reservamos.

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Cortamos las setas en trozos algo mayores –unas cuatro o seis partes por unidad dependiendo del tamaño– y las salteamos a fuego vivo durante unos tres minutos con un poco de aceite de oliva. Reservamos.

Cortamos los calabacines también en macedonia amplia, salamos suavemente y salteamos de nuevo a fuego vivo durante unos tres minutos con un poco de aceite de oliva. Reservamos.

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Troceamos el cuerpo del chipirón –ya limpio– en partes de tamaño similar y reservamos las patas enteras para decorar. Salpimentamos suavemente y salteamos, una vez más, a fuego vivo durante unos tres minutos con un poco de aceite de oliva. Doramos las patas hasta que queden crujientes y reservamos para decorar.

Por último, troceamos la panceta en cubitos todo lo pequeños que podamos y los salteamos en seco y a fuego medio hasta que resulten crujientes.

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Para acabar con el pisto, tomamos un bol amplio y mezclamos con cuidado todos los ingredientes junto con un pellizco de brotes de rábano –opcionalmente– y un par de cucharadas de la salsa de yogur –lo justo para que, además de aportar su acidez y cremosidad, actúe como cohesionador o pegamento de las diferentes partes-. Reservamos en frío mientras preparamos el emplatado.

Emplatado y acabamos.

Tomamos una de las gominas de consomé y la centramos en el plato. Con la ayuda de un aro de emplatar –he utilizado los de 8 centímetros– hacemos un orificio en el centro y retiramos la parte interna. Volvemos a colocar el aro en la misma posición y rellenamos hasta media altura. Apretamos suavemente el pisto para que se acomode y retiramos el aro con mucho cuidado.

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Colocamos la rueda de consomé que hemos extraído con el aro en un lateral –podemos quitarla para acentuar la sorpresa-. Coronamos el pisto con unas patas de chipirón crujientes y, finalmente, decoramos con los brotes de rábano, las flores comestibles y unas gotitas de aceite sésamo. El plato está listo para ser presentado.

Y esta es la receta y la historia de un plato que comenzó siendo una crema, pasó por etapas intermedias de charlota y aspic y ha terminado –por ahora– siendo un pisto frío. Una receta que combina nuestro calabacín con vegetales, setas, chipirones, una crema y, por supuesto, una divertida gominola de consomé que aporta, aún en frío, su característica templanza. Una suave y equilibrada sinfonía de sabores contenidos y, al mismo tiempo, muy personales y que espero ustedes disfruten al menos tanto como quien esto escribe.

Termino insistiendo, una vez más, en lo apasionante, motivador y divertido que es este reto mensual en el que nos hemos propuesto participar y compartir con todos ustedes. Esto es el Juego de Blogueros 2.0. Espero que ustedes también lo disfruten. Por mi parte solo me resta desearles todo lo mejor y, como siempre… Bon appétit!

Categorías:Hortalizas, Legumbres y Verduras, Juego de Blogueros 2.0, Platos de Fiesta, Primeros platos

Etiquetado:Calabacín, Chipirones, Cocción, Jamón, Pollo, Salteado, Setas, Yogur, Zanahoria

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Txangurro a la Donostiarra {o Centollo gratinado}

Publicado el viernes, 24 julio, 2015

He querido dar a esta entrada un trato especial a fin de festejar el segundo aniversario de Muslo y Pechuga. Para ello he elegido una receta tradicional de mi ciudad con una bonita historia personal y culinaria. Espero que disfrutéis de ambas tanto como de la receta en si.

Recuerdos.

Este es un plato con el que mantengo una muy larga y especial relación. Es, de hecho y con casi total seguridad, uno de mis primeros recuerdo gastronómicos.

He de remontarme a mi infancia y a las comidas con mi abuelo Antonio en su restaurante favorito –Fagollaga– para fijar el nacimiento de esta relación. Seguramente ni siquiera habríamos estrenado la década de los 70 y, para mi –y mi hermana Loly-, su presencia en la mesa, sus aromas entre salinos y levemente canallas, su untuosidad, su textura suavemente fibrosa y su crujiente costra de pan rallado y mantequilla simbolizaba el domingo, la fiesta, las sobremesas interminables, la paga a escondidas –cinco duros, pero son para los dos– y, en definitiva, la familia.

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Han transcurrido ya muchos años y he tenido la oportunidad de degustar muy diversas versiones y variantes de esta receta, pero siempre es el recuerdo de esas primeras catas y sensaciones el que me acompaña y dicta el estándar de calidad de producto y la elaboración.

Si alguien me hubiera preguntado por el origen de esta receta, hubiera respondido que es un plato clásico y tradicional de la cocina donostiarra –y vasca por extensión-. Y es que no deja de resultar curioso como asociamos nuestros recuerdos lejanos a hechos –recetas, en este caso– aún más lejanas, como si siempre hubieran estado ahí.

Hace ya un tiempo me propuse recuperar esta receta –que llevaba demasiado tiempo sin practicar– para mi colección y qué mejor oportunidad para documentarme sobre ella. El resultado es, bajo mi punto de vista, casi tan interesante como la receta en sí.

La Belle Époque.

Hace unos meses hablaba de la Salsa Armoricana {o era Americana?} y, curiosamente es en ese mismo punto donde arranca esta receta tan –teoricamente– donostiarra. A principios del siglo XX la cocina internacional se encontraba férreamente dominada por la influencia francesa, principalmente a través del gran Escoffier –sistematizador y simplificador de la «haute cuisine» heredada de otro grandísimo; Antonin Carême (entrada dedicada a este personaje en este mismo espacio y en breve)-. Una de las recetas elevadas definitivamente al Olimpo gastronómico por Escoffier fue su versión de la «Langosta a la Americana», esa sutil combinación de productos de la tierra flambeados y guisados con marisco. Pero ¿cómo llegó una receta francesa a convertirse en un plato estrella de nuestra gastronomía local?

Es en este punto donde aparece el personaje principal de esta pequeña historia; Félix Ibarguren «Shishito«, personaje popular donostiarra, cocinero y maestro de cocina quien junto con Loreto Capella Olasagasti –cocinero y repostero de Alfonso XII– abrió en San Sebastián la primera escuela de cocina de España en el año 1901 -y que estaría en funcionamiento hasta 1913-.

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Félix Ibarguren se atrevió «deconstruir» la receta francesa inventando, al mismo tiempo, una nueva. En primer lugar sustituyó la encorsetada langosta por un marisco más común y propio de nuestras aguas; el txangurro –o centollo-. Al mismo tiempo, y ante la imposibilidad de cortar la carne de éste en rodajas, optó por desmigarlo para, finalmente, presentarlo acompañado de su salsa y gratinado en su propio caparazón. Una interesante y atrevida –para su época– versión de un clásico académico que no tardó en llamar la atención de críticos y restauradores de ambos lados de la frontera.

Posiblemente los mayores logros de esta receta –que ya podríamos considerar centenaria– ademas de su creación y elaboración en si mismas, hayan sido la adopción de propios y foráneos como estandarte de la cocina local donostiarra –sabiendo que soy donostiarra y aficionado a la cocina, me habrán preguntado por ella no menos una docena de veces-. También destacaría su capacidad para sobrevivir y trascender, desde sus orígenes, por encima de su propio tiempo y, finalmente, la inteligencia que conlleva su adaptación desde el recetario internacional al gusto –y tradición– local. Una receta relativamente accesible –no es en absoluto complicada-, con un cierto toque de excelencia internacional y de un resultado sencillamente delicioso.

Siglo XXI.

Al mismo tiempo, no deja de resultar interesante que, por sus orígenes, nos encontramos ante la que podría ser considerada como la primera receta de autor de la cocina vasca. Es decir, una receta de origen no tradicional adoptada de modo generalizado y, tal vez, un preámbulo de grandes recetas, maestros, escuelas y cocineros que a lo largo de los siglos XX y XXI han ido incorporando sus ideas e innovaciones a nuestro cada vez más amplio recetario.

Pero los tiempos, los gustos, los usos y las modas cambian y nuestra receta no podía permanecer ajena a ello. A día de hoy, prácticamente ha desaparecido de las cartas de nuestros grandes restaurantes –aunque no es complicado encontrarla y disfrutarla en los más tradicionales-. Es a menudo acusada de maltratar el producto –ya que se le aplican tres cocciones– y, además, parece «viejuna»; su aspecto puede recordar a una especie de puré de marisco con tomate.

Por otra parte, los diversos intentos por modernizarla –algunos de ellos a manos de nuestros más reconocidos Chefs– transformándola en un crêpe, en una mousse o en relleno para ser salseado no han dejado de ser, bajo mi punto de vista, meras anécdotas francamente alejadas de la singularidad de la receta original: «if it works don’t fix it» –si funciona, no lo arregles-.

Sobrevivirá la ingeniosa –y sabrosa– receta de Shishito otra centuria? Yo apuesto que sí; al fin y al cabo, su destino está en nuestras manos, fogones y paladares.

Los ingredientes.

  • Un Txangurro o Centollo de unos 1.200 gramos –fresco o cocido-.
  • Una Cebolla Blanca pequeña
  • La parte blanca de tres Puerros pequeños –uno de ellos es opcional para cocer con el txangurro-.
  • Un Tomate maduro –de tamaño mediano-.
  • Cuatro cucharadas de Tomate Frito casero –o envasado de calidad-.
  • 150 mililitros de Fumet de Pescado –casero o envasado de calidad-.
  • Unos 30 mililitros de Brandy de Jerez.
  • Una pizca de Piment d’Espelette –o media pimienta cayena desmenuzada-.
  • Una nuez de Mantequilla.
  • Una Hoja de Laurel –opcionalmente para cocer el txangurro-.
  • Aceite de Oliva Virgen Extra
  • Sal y Pimienta al gusto.

La Receta.

La primera tarea, si partimos de un txangurro vivo, es cocerlo. Para ello llevamos a ebullición en una cazuela amplia agua de mar –o agua salada a razón de unos 15 gramos por litros– suficiente como para cubrirlo sobradamente. Personalmente me gusta añadir a esta agua una hoja de laurel y un tallo blanco de puerro. Cuando el agua hierva fuertemente sumergimos el txangurro y una vez vuelva a hervir contamos unos 10 ó 12 minutos en función de su tamaño. Retiramos del calor y dejamos infusionar durante 5 minutos más antes de retirarlo del agua.

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Antes de comenzar con la tarea más laboriosa –extraer la carne del txangurro-, es conveniente picar la cebolla y los puerros en juliana muy fina y dejar que se vayan pochando en una sartén con un poco de aceite de oliva y el fumet de pescado vigilando para que no tomen color. Una vez evaporados los líquidos incorporamos el tomate sin piel y troceado en daditos junto con el tomate frito. Dejamos que el conjunto continue pochando durante unos 15 ó 20 minutos más.

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Mientras tanto extraemos la carne del txangurro. Lo colocamos sobre una fuente a fin de poder recuperar todos sus líquidos, retiramos las patas y la pestaña –o uña– trasera. Apoyando la palma de la mano sobre la parte delantera del cuerpo –siempre por debajo– levantamos la parte trasera hasta extraerla entera del caparazón. Recuperamos y reservamos todos los líquidos y corales del interior. Desechamos las partes duras y oscuras –branquias, boca, etc.– partimos el interior y con paciencia –y unas pinzas– vamos separando y reservando las partes blancas y blandas. Finalmente rompemos las patas y extraemos la carne de su interior. Al finalizar el proceso tendremos un bol con la carne, otro con los jugos y corales del interior y el caparazón perfectamente limpio y seco.

Es fundamental realizar esta operación con el mayor cuidado; un trocito de «hueso» puede dar sensación de elaboración natural, pero demasiados pueden arruinar el plato. Personalmente, una vez acabada la tarea de limpieza, me tomo un par de minutos en repasar la carne para retirar las partes duras que se hayan podido colar durante la extracción de la carne.

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Una vez limpio el txangurro y pochadas la verduras incorporamos los líquidos extraídos del marisco sobre éstas. Añadimos un toque de pimiento de Espelete  en polvo –o la punta de cayena desmenuzada– y mezclamos bien. Finalmente incorporamos el brandy, flambeamos y, una vez quemado el alcohol, incorporamos la carne del txangurro. Volvemos a mezclar bien todos los ingredientes, rectificamos el punto de sal  y damos un suave hervor durante unos minutos –la textura resultante ha de ser de puré ligeramente espeso-. Acabamos pasando la preparación al caparazón del txangurro.

Unos minutos antes de servir espolvoreamos un poco de pan rallado grueso –chapelure– sobre la mezcla, colocamos un trocito de mantequilla encima del pan y, finalmente, gratinamos hasta que adquiera un bonito color tostado.

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El largo viaje desde las cocinas de la Belle Époque donostiarra hasta nuestras mesas se ha completado. Manda la tradición servir un txangurro en su caparazón por comensal, pero es más adaptado a nuestros usos y costumbres actuales presentarlo y emplatar una porción por comensal, sin más aditamentos. Como decía al inicio de esta larga entrada «sus aromas entre salinos y levemente canallas, su untuosidad, su textura suavemente fibrosa y su crujiente costra de pan rallado y mantequilla simbolizaba el domingo, la fiesta, las sobremesas interminables y las comidas entre familia y amigos». Poco más me queda por añadir, por lo que levanto mi copa en un brindis –copa de Txakolí de Getaria en mano– con mis mejores deseos para todos ustedes y para este nuevo año de Muslo y Pechuga. Y como siempre… Bon appétit!

 

Categorías:Pescados y Mariscos, Primeros platos

Etiquetado:Asados, Cebolla, Centollo, Cocido, Licores, Puerros, Tomate, Txangurro

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